ESQUELA
Rogad
a Dios por el alma de Dª Bárbara Matellán de las Heras, que falleció el 1 de
diciembre de 2012 a los 40 años de edad en un trágico accidente aéreo. La
capilla ardiente se encuentra instalada en el tanatorio Parque San Isidro de
Madrid. Sus restos recibirán cristiana sepultura en el cementerio sur a la
13,30 horas de hoy día 3 de diciembre.
La
familia ruega una oración por su alma.
Descanse
en paz.
A
Bárbara se le dibujó una sonrisa en la cara cuando leyó la esquela de su propio
entierro sentada cómodamente en aquel avión con rumbo a Jamaica. No estaba muerta
aunque sí que iba camino del Paraíso con el que siempre había soñado. Nunca
había imaginado que morir hubiese sido tan sumamente fácil y que la muerte
otorgase tanta vida. Realmente, cualquier vida diferente a la que llevaba podía
ser un remanso de paz y felicidad. Volvió a sonreír al pensar que todos la
creían entre nubes de algodón y precisamente era allí donde estaba. Cerró los
ojos y procuró recordar y ordenar cómo había ocurrido todo.
En
sus espaldas pesaban diez años de matrimonio con ese hombre del que había
estado locamente enamorada un día ya muy lejano. Ese amor se había ido
esfumando con la celeridad con la que se derriten las horas, con la daga
implacable de la humillación y el silencio. Sus alfabetos eran babélicos cuando
se dirigían la palabra, sus palabras eran ecos vacíos que martilleaban la
noche. Hacerla culpable de su incapacidad para darle hijos fue la gota que
desbordó océanos y mares. Ahora subía al Cielo en ese avión pero también había
bajado al Infierno, a su último escalón, cuando ese hombre -ya un completo desconocido para ella- se atrevió a tronchar de un manotazo las
maltrechas ilusiones que pudieran quedar en un velero sin rumbo. La primera vez
dolió en la piel, el resto en el alma. Noches oscuras del alma bendecidas por
la santa madre Iglesia y maldecidas hasta por el azufre de Belcebú.

Su
alta posición social le exigía guardar las apariencias o al menos así lo
pensaba en aquel momento. Hija única de padres fallecidos años atrás y amiga de
amigos de alta sociedad a los que no les importaba en absoluto las aventuras y
desventuras de aquel capítulo de la Eneida:
su bajada al Infierno siempre la hacía sola, sorteando ríos de lava a
temperaturas que helaban el corazón.
Fue
aquel día, en un acto de valentía impulsado por un riesgo alto de incineración
aliviado por lágrimas que sofocaban llamas, cuando decidió coger el primer
avión que saliese para Jamaica. Luego, ya daría explicaciones. Lo importante
era huir aunque sabía de antemano que ese hombre la perseguiría hasta el último
rincón del mundo. Cuando entró en el aeropuerto las fuerzas le flaquearon y pensó
en regresar en el mismo taxi que la había transportado hasta allí, pero dio
cuatro pasos más y sin darse cuenta ya estaba delante del mostrador de facturación.
Iba ligera de equipaje, así que no hizo falta desprenderse de las cuatro cosas
que atropelladamente metió en una bolsa de viaje al salir de casa. Mientras se
sentaba cerca de la puerta de embarque a esperar el vuelo, lo agradeció: si en
el último minuto se arrepentía sería más sencillo regresar al taxi con lo
puesto y llevado.
Faltaba
aún una hora para su vuelo. Mientras esperaba observó que sentada a su lado
había una mujer joven, de nacionalidad española, impidiendo sollozos que un
paquete de pañuelos de papel intentaban sofocar. En un primer momento, Bárbara
pensó que bien pudiera ser una habitante más de ese Infierno que ella conocía
tan bien. Luego resultó ser otra alma más que se lastimaba a las puertas del
Cielo. Le ofreció su ayuda y la desesperación de la mujer hizo que le contase a
una desconocida su tormento, la imposibilidad de viajar a Jamaica al entierro
de su hijo fallecido ya que no disponía de billete ni medios para adquirirlo.
La compañía aérea no entendía de razones humanitarias solo de números cuadrando
a final de mes.
Bárbara
pensó, en un primer momento, que formaría parte de ese tipo de gente que pulula
por aeropuertos y estaciones, relatando desgracias increíbles con el fin de
sacar un par de euros. Pero al escudriñarla, el aspecto de la mujer le disuadió
de esa idea. Vestía con cierta elegancia e, incluso se parecía a ella: morena,
ojos oscuros, de edad similar y facciones suaves. Iba a encontrarse con su hijo
por última vez, ese hijo que jamás ella había podido tener. Tenía que ayudarla.
No eran tan diferentes como para que una azafata advirtiera el recogido de pelo
que no aparecía en su DNI. Sabía que iba a cometer una locura, ahora sí que sabía
que la iba a cometer; así que le ofreció su billete de avión al lado de su DNI a
Isabel, que así se llamaba la mujer que
ahora mitigaba su llanto clavando su mirada en lo que Bárbara le ofrecía. ¿Qué
suponía la pérdida de un DNI frente a la pérdida de un hijo? Isabel no supo cómo
agradecer la ayuda pero quedaba poco tiempo y había que embarcar: recogió los
documentos y, sacando de su cartera su propio DNI se lo entregó a Bárbara como
prueba de que regresaría a devolverle el suyo. Apresuradamente, le dibujó en un
papel los números que parecían ser de un teléfono y abrazó a Bárbara. Esta le
rogó que aceptase dinero para el viaje de vuelta y para cubrir de orquídeas
amarillas la losa de su hijo.

Mientras
veía alejarse a Isabel por la puerta de embarque volvió a pensar que tal vez
esa mujer fuese una oportunista, que huiría con el dinero, que el DNI que le
había entregado seguramente fuese falso, que quizás había sido víctima de un
timo, que… pero daba igual. Recogió su bolsa de equipaje y pensó que, antes de
regresar a casa en el taxi comería algo en el aeropuerto. Regresaría a casa,
sí, sus fuerzas flaqueaban. Vencida por sí misma se sentó en un restaurante del
aeropuerto a retrasar la inminente vuelta al hogar, la barca de Caronte la
esperaba detrás de la puerta de salida del aeropuerto. Lloró. Perdió la noción
del tiempo. Entró en un sopor que refugió sus lágrimas, jugó a la rayuela con
las horas, cerró los ojos cuando los relojes de arena bucearon en los abismos
de su alma mientras que la cucharilla del café tejía remolinos infinitos en sus
aguas oscuras.
Cuando
salió de ese sueño y a medida que sus ojos y oídos volvían a la realidad,
observó como en el aeropuerto reinaba gran confusión. Gran cantidad de gente se
agolpaba en los puntos de información mientras que otra era presa de la
conmoción. Preguntó amablemente al camarero que le había servido qué era lo que
ocurría. Él le explicó que el vuelo a Jamaica que había salido esa misma mañana
se había estrellado en pleno Atlántico. Bárbara palideció, no sabía con certeza
si realmente había despertado de ese sueño anterior o aún seguía en la antesala
de ese temblor que precede a la muerte.

El
resto había sido muy sencillo, pensó mientras ahora miraba por la ventanilla
del avión. No había habido supervivientes y algunos cadáveres -entre ellos el de ella- no habían sido localizados. Hicieron pública
la lista de pasajeros embarcados en los que aparecía su nombre y avisaron a su
marido que se preocupó de un entierro burocrático ante sus amigos de la alta
sociedad. Ella tomó el siguiente avión en el que ahora viajaba rumbo a Jamaica
con el nombre de Isabel Pardo Freyre. Apretó entre sus manos el DNI de la mujer
fallecida y creyó haber olido un suave aroma a flores.
Lo
primero que hizo al llegar a su Paraíso fue cubrir de decenas de orquídeas
amarillas la sepultura del hijo de Isabel, sepultura que descubrió que existía
tanto como su hijo. Jamás había visto sonreír a esta mujer pero juró haber oído
su sonrisa entre los pétalos de las flores. Ella también sonrió mientras el viento
arremolinado en un ciprés del cementerio le susurró que su vida comenzaba con
su propia muerte.