miércoles, 6 de febrero de 2013

LADRÓN EN ESPAÑOL



Lazarillo de Tormes
Francisco de Goya


¿Sabes en qué veo que las comiste de tres a tres?
 En que comía yo dos a dos y callabas.

El Lazarillo de Tormes


 LADRÓN EN ESPAÑOL


Fuente: Diccionario de la RAE


LADRÓN:

1.            1. Que hurta o roba




HURTAR/ROBAR:

    1.  Tomar o retener bienes ajenos contra la voluntad de su dueño, sin intimidación en las personas ni fuerza en las cosas.
1.                1. Quitar o tomar para sí con violencia o con fuerza lo ajeno.



AJENO:

1.Perteneciente a otra persona.




PERSONA:

       6.  Sujeto de derecho.



DERECHO:

1.                  1. Justo, legítimo.




LEGÍTIMO:

      2. Lícito.



LÍCITO:

 1.      Justo, permitido, según justicia y razón.


Es de agradecer a nuestros ilustres académicos de la RAE la luz arrojada a ciertos acontecimientos actuales  -y con larga historia picaresca en nuestro país-  en torno a la figura del LADRÓN, cuyos actos  -concluimos-  son justos y permitidos por la justicia y la razón a todo aquel que se crea persona y, sobre todo, otra persona. Tesoro sin igual, el de nuestra lengua española…



domingo, 3 de febrero de 2013

3º ANIVERSARIO DE "EL ESPEJO DE LA LUNA"



TERCER ANIVERSARIO

DE

EL ESPEJO DE LA LUNA



En el majestuoso conjunto de la creación, nada hay que me conmueva tan hondamente, que acaricie mi espíritu y dé vuelo desusado a mi fantasía como la luz apacible y desmayada de la luna.

Gustavo Adolfo Bécquer



Gracias a todos por su tiempo

y sus comentarios.




miércoles, 23 de enero de 2013

SECRETO DE CONFESIÓN


SECRETO DE CONFESIÓN

-               -Ave María Purísima.
-               -Sin pecado concebida. Dime, hijo, ¿de qué te acusas?
-               -Bueno padre… no me gusta acusar… no creo que esté bien…
-               -¿Qué vienes a confesar, entonces, hijo?
-              - Verá. Confieso que no creo en la confesión.
-               -¿Cómo dices?
-               -Que no creo en la confesión, padre, que no creo.
-               -¿Qué no crees? Pero si lo estás haciendo ahora mismo, hijo…
-               -¿Usted se confiesa, padre?
-              - ¡Hijo mío! Todos debemos confesarnos ante Dios Todopoderoso.
-              -No, no. No me refiero a ese tipo de confesión, ya sabe… la otra… ¿usted se confiesa con otro sacerdote? Dígamelo, padre.
-              -Hijo… ¿a qué viene todo esto…?
-              - ¿Usted se confiesa?
-               -Claro que me confieso, hijo.
-               -¿Con quién?
-               -Ante Dios Nuestro Señor.
-               -O sea que no se confiesa con otro cura, vamos…
-               -Lo que he dicho es que…
-               -¿Siente placer cuando se confiesa, padre?
-               -Todos debemos humildad al Creador por nuestros pecados.
-              -Ya, ya… O sea que peca… Y… ¿cuántas veces?
-               -Mira, hijo, creo que te estás equivocando…
-              - Claro que me equivoco, debería seguir su ejemplo y confesarme con Dios, no con usted, un… pecador potencial.
-              -¿Pecador potencial, yo? ¿Pero qué barbaridades estás diciendo, hijo mío?
-         - Me acaba de decir que se confiesa, y si se confiesa, es que peca, y si peca es que es un pecador. A ver… ¿cómo sé yo que no me estoy confesando con un pecador?
-              - Pero… ¿qué estás diciendo?
-         - ¿Se ha confesado ya, padre, para poderme confesar a mí? Porque mucho ponte, ponte de rodillas pero garantías de estar limpito de pecado me ofrece pocas, ¿no?
-              - Estás pecando de soberbia y orgullo, hijo, recuerda que Nuestro Señor te está escuchando.
-             -  Padre… me está insultando… está insultando al prójimo. ¡Ya tiene que confesarse!
-             -  ¡Yo no me tengo que confesar de nada!
-              - O sea que reconoce que no se confiesa… Ya me parecía a mí… si al final voy a tener razón…
-              -Estás pecando, hijo, estás pecando ante Dios con tu actitud en su propia casa.
-          -¿Ante Dios? No me diga que ahora se cree Dios, padre… ¿Cómo me dijo que se llamaba…? ¿Soberbia?
-               -Mira hijo, vamos a dejarlo…, vamos a dejarlo…
-         - Ni se confiesa ni quiere confesar… Dejadez de funciones e incumplimiento de contrato… ¿a quién tengo que poner la reclamación? ¿Tienen libro de reclamaciones?
-              - ¡El único libro que a ti te hace falta es la Biblia!
-         - O sea que no tienen libro de reclamaciones… No, si ya me lo imaginaba yo… Se pasan siglos vendiendo cielos, infiernos, pecados y padrenuestros sin periodo de garantía y sin derecho a reclamar… ¿Lo sabe la OCU?
-             -  ¡Sal inmediatamente de aquí ahora mismo!
-         -  ¡Pero si no es su casa! Es la casa de Dios, hace un instante me lo acaba de decir. No puede echarme de una casa que no es la suya. Por cierto… ¿pagan el IBI? Si es de Dios, supongo que no, ¿no?
-         - ¡Eres un descerebrado! Y te conozco… te he reconocido… ¡Vaya que si te he reconocido…! Esta misma tarde hablaré de esto con tu mujer y tu familia…
-          -¿También va a infringir el secreto de confesión, padre? Por Dios, por Dios… se va a pasar usted confesándose tres meses y medio…
-             -  ¡Será….!
-         - No, no se levante, padre, no hace falta, ya me voy yo que me ha hecho perder demasiado tiempo y paciencia… ¡Ah!  ¡Y no olvide confesarse también el taco que acaba de soltar…! Quede con Dios.



miércoles, 16 de enero de 2013

CUENTACUENTOS




CUENTACUENTOS


Cuentan los más ancianos del lugar, que nunca tuvo un nombre propio, solo letras minúsculas que arrastraba el viento sobre los troncos de los árboles en primavera, y sobre la lluvia de octubre que lloraba en los cristales de las casas.

Cuentan las más bellas muchachas del lugar, ahora cubiertas por los surcos del tiempo, que a veces lo habían visto reflejado en el espejo de las frías y diáfanas aguas de la fuente de la plaza a la que acudían con sus cántaros. Silbaba una dulce canción acompasada con la melodía del agua que martilleaba en la piedra granítica, y que se enredaba en la cintura de aquellas que se atrevían a sonreírle con timidez.

Cuentan los cazadores del lugar que los bosques eran su refugio de fugitivo, su lecho de libertad. Solía merodear entre los altivos pinares y los robustos castaños, aunque prefería retozar en los claros verdes inundados de pétalos de flores con los que cubría su piel. Todos los atardeceres se le veía alejarse del bosque dejando un reguero de margaritas tras sus huellas. Las rosas y sus espinas entonces, eran cuando comenzaban a plañir.




Cuentan los ancianos gaiteros del lugar que en las noches de fiesta del estío, se enredaba entre los tacones de los zapatos de las muchachas casaderas, obligándoles a bailar danzas que solo conocía el aroma espeso del verano cuando se posaba en la piel. La plaza del pueblo, entonces,  latía amapolas. Los púdicos vestidos de las muchachas se deshojaban en ramilletes de albahaca. Compases de grillos acompañaban toda la noche a ojos abiertos sobre almohadas desveladas.

Cuenta el anciano sacristán del lugar, que todos los domingos acudía a la iglesia. El olor a tomillo fresco advertía de su presencia. De nada servía el recato de jovencitas, y menos las regañinas de abnegadas madres de pañuelos negros en la cabeza: el brillo de miradas furtivas apagaba los oropeles del altar y blasfemaba pasiones contenidas. En ocasiones señaladas, se le divisó subido al campanario: flores de azahar brotaban de sus manos y desde las alturas volaban como mariposas enloquecidas que no cesaban de batir sus alas hasta posarse sobre velos inmaculados de vestidos nupciales con olor a naftalina.



Cuentan los niños del lugar, ahora convertidos en robustos labradores, que la Noche de Difuntos en la que asaltaban los muros del pequeño cementerio para vencer miedos que les llevarían a la adolescencia, que siempre lo encontraban paseándose entre cipreses negros de noche  y lápidas blancas de reciente cal. Lo habían visto llorar enredado entre flores mustias de olvido y tierra húmeda de silencios. También estaba allí, con su cálida memoria y con la voz del recuerdo.

Cuentan las leyendas del lugar que su día era la noche y que su luz era la luna. Cuando bajaba el sol, esperaba el paso de las campesinas que regresaban de las labores de la era. Lo presentían con la caída de la tarde sobre los campos de trigo, lo sentían en su corazón cuando el manto de la noche cubría los tejados de sus hogares. Las llamas del fuego de sus chimeneas iban trazando con movimientos sinuosos el plano que debían seguir para encontrarse con él. Los aullidos de los perros en la oscuridad lo delataban montado sobre un caballo negro que apostaba frente a puertas de madera o en la trasera de un corral, esperando bocas de jazmín que arropadas por la noche acudían sedientas a su encuentro.



Cuentan aquellos a los que les cuesta menos recordar lo que desgarra al alma, que una mañana de gélido invierno le vieron partir por el sendero que no tiene voz. Cabalgaba despacio, con el abatimiento de la tristeza de los años. Sobre su sombrero, una pena infinita  iba siendo cubierta por la nieve que caía. Sobre su corazón, una rosa marchita de terciopelo pero de eternas espinas afiladas. No quiso mirar atrás, una ráfaga de frío viento le obligó a cerrar sus ojos humedecidos por heridas carmesí. Huérfano de despedidas, acabó difuminándose entre un horizonte blanco de diciembre. No se le volvió a ver nunca más.

 Aquella mañana, los troncos de los árboles borraron con tristeza iniciales de enamorados. La lluvia de otoño jamás volvió a llorar sobre los cristales de las casas. El agua de la fuente solo supo entonar cánticos plañideros. Las cinturas de las muchachas fueron huérfanas de canciones. En los bosques no volvieron a florecer margaritas ni en las rosas espinas. Y en los bailes de verano, las gaitas sollozaban lamentos de noches de grillos. Los pechos de las mujeres jamás volvieron a oler a albahaca. Las campanas de la iglesia nunca más despidieron flores enmudeciendo oxidadas entre el aroma del azahar. En la Noche de Difuntos nadie osaba salir de sus casas, las almas se despertaban de su sueño infinito para velar con tristeza la ausencia de aquel que besó su olvido, vagaban por las callejuelas del pueblo buscando desesperadas a quien las amó. Las noches de muchachas furtivas ya nunca oscurecieron con la llegada del atardecer, el fuego de sus hogares apagó las llamas de sus latidos. Los aullidos de los perros en la madrugada enmudecieron. Las bocas de jazmín se marchitaron entre la nieve.

Fue entonces, cuando comprendieron.




miércoles, 9 de enero de 2013

VORÁGINE DE MAREAS



Sanxenxo (Pontevedra)
Fotografía: Marisa Vegas

(Voces silenciosas IX)


BAJAMAR

Duermen en arenas cálidas y sedientas
sueños de salitre y olas,
reptando entre sombras rocosas
  la luz lame sábanas del alba.
Enterrados bajo castillos de arena
yacen tesoros de cofres vacíos,
despojados de amores diamantinos,
repletos de rencores dormidos.
La ambición del mar anhela abrirlos
creyendo dentro fortunas
de caracolas ladronas de ecos,
de silencios arrogantes de espumas.
Con sigilo de horas perezosas
olas voraces trepan hambrientas
 por escollos malheridos,
abriendo peligrosas brechas de agua
en arenas de sueños dormidos.



Sanxenxo (Pontevedra)
Fotografía: Marisa Vegas


PLEAMAR

Metamorfosis de minutos
desperezan al dolor hibernado,
playa anegada de ultrajes salinos
entre gemidos de caracolas heridas.
Cofres inundados por osadías marinas
liberan rencores dormidos,
cerrojos forzados por tempestades
estallan en sus orillas.
Brama la mar al descubrir
 tesoros de Pandora ahogados
en desprecios de inertes corales,
en  llaves oxidadas de olvidos.
Y llora la luna en la lejanía
con pañuelo de mareas en su mejilla.




martes, 1 de enero de 2013

EN EL RINCÓN DE MI INFINITO



Fotografía: www.flickr.com


EN EL RINCÓN DE MI INFINITO

En el rincón de mi infinito
hojas secas se oyen crujir:
ocaso de huellas del pasado,
melodía del alba por descubrir.

Acordes desafinados precipitándose
por la garganta del viento reptil,
brisas amables los recogen
en el seno de sus labios carmesí.

Y mientras el gris se desvanece
en  los recodos de tela de araña vil,
el arco iris en la piel del mar florece,
 olas compitiendo con sus pétalos de añil.

En el lodo de lo que pasa y no queda
se arrastra y yace  el sentimiento ruin,
abonando con su pálida mortaja
las blancas páginas del nuevo vivir.

Y macerados perfumes sin nombre
comienzan en las venas a fluir,
en el rincón de mi infinito,
 horas, días, tiempo, se empiezan a escribir.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

¿FELIZ? NAVIDAD



La felicidad general de un pueblo
 descansa en la independencia individual de sus habitantes.

José Martí.

Desde el contexto de esta cita, les deseo felices fiestas acompañadas de un vídeo que he elaborado para ustedes. Me gustaría que fuera una idílica postal navideña de nieve, abetos luminosos, campanitas doradas y villancicos, pero esta Navidad de 2012 tiene imágenes más reales y menos amables que no me apetece olvidar. Aun así, no dejen que la amargura sembrada apague esa vela de esperanza que se enciende todos los años en cada hogar y que juntos mantendremos encendida.

Todo mi cariño, apoyo incondicional y  mis deseos de felicidad.






sábado, 1 de diciembre de 2012

ESQUELA


ESQUELA

Rogad a Dios por el alma de Dª Bárbara Matellán de las Heras, que falleció el 1 de diciembre de 2012 a los 40 años de edad en un trágico accidente aéreo. La capilla ardiente se encuentra instalada en el tanatorio Parque San Isidro de Madrid. Sus restos recibirán cristiana sepultura en el cementerio sur a la 13,30 horas de hoy día 3 de diciembre.
La familia ruega una oración por su alma.
Descanse en paz.


A Bárbara se le dibujó una sonrisa en la cara cuando leyó la esquela de su propio entierro sentada cómodamente en aquel avión con rumbo a Jamaica. No estaba muerta aunque sí que iba camino del Paraíso con el que siempre había soñado. Nunca había imaginado que morir hubiese sido tan sumamente fácil y que la muerte otorgase tanta vida. Realmente, cualquier vida diferente a la que llevaba podía ser un remanso de paz y felicidad. Volvió a sonreír al pensar que todos la creían entre nubes de algodón y precisamente era allí donde estaba. Cerró los ojos y procuró recordar y ordenar cómo había ocurrido todo.

En sus espaldas pesaban diez años de matrimonio con ese hombre del que había estado locamente enamorada un día ya muy lejano. Ese amor se había ido esfumando con la celeridad con la que se derriten las horas, con la daga implacable de la humillación y el silencio. Sus alfabetos eran babélicos cuando se dirigían la palabra, sus palabras eran ecos vacíos que martilleaban la noche. Hacerla culpable de su incapacidad para darle hijos fue la gota que desbordó océanos y mares. Ahora subía al Cielo en ese avión pero también había bajado al Infierno, a su último escalón, cuando ese hombre  -ya un completo desconocido para ella-  se atrevió a tronchar de un manotazo las maltrechas ilusiones que pudieran quedar en un velero sin rumbo. La primera vez dolió en la piel, el resto en el alma. Noches oscuras del alma bendecidas por la santa madre Iglesia y maldecidas hasta por el azufre de Belcebú.



Su alta posición social le exigía guardar las apariencias o al menos así lo pensaba en aquel momento. Hija única de padres fallecidos años atrás y amiga de amigos de alta sociedad a los que no les importaba en absoluto las aventuras y desventuras de aquel capítulo de la Eneida: su bajada al Infierno siempre la hacía sola, sorteando ríos de lava a temperaturas que helaban el corazón.

Fue aquel día, en un acto de valentía impulsado por un riesgo alto de incineración aliviado por lágrimas que sofocaban llamas, cuando decidió coger el primer avión que saliese para Jamaica. Luego, ya daría explicaciones. Lo importante era huir aunque sabía de antemano que ese hombre la perseguiría hasta el último rincón del mundo. Cuando entró en el aeropuerto las fuerzas le flaquearon y pensó en regresar en el mismo taxi que la había transportado hasta allí, pero dio cuatro pasos más y sin darse cuenta ya estaba delante del mostrador de facturación. Iba ligera de equipaje, así que no hizo falta desprenderse de las cuatro cosas que atropelladamente metió en una bolsa de viaje al salir de casa. Mientras se sentaba cerca de la puerta de embarque a esperar el vuelo, lo agradeció: si en el último minuto se arrepentía sería más sencillo regresar al taxi con lo puesto y llevado.

Faltaba aún una hora para su vuelo. Mientras esperaba observó que sentada a su lado había una mujer joven, de nacionalidad española, impidiendo sollozos que un paquete de pañuelos de papel intentaban sofocar. En un primer momento, Bárbara pensó que bien pudiera ser una habitante más de ese Infierno que ella conocía tan bien. Luego resultó ser otra alma más que se lastimaba a las puertas del Cielo. Le ofreció su ayuda y la desesperación de la mujer hizo que le contase a una desconocida su tormento, la imposibilidad de viajar a Jamaica al entierro de su hijo fallecido ya que no disponía de billete ni medios para adquirirlo. La compañía aérea no entendía de razones humanitarias solo de números cuadrando a final de mes.

Bárbara pensó, en un primer momento, que formaría parte de ese tipo de gente que pulula por aeropuertos y estaciones, relatando desgracias increíbles con el fin de sacar un par de euros. Pero al escudriñarla, el aspecto de la mujer le disuadió de esa idea. Vestía con cierta elegancia e, incluso se parecía a ella: morena, ojos oscuros, de edad similar y facciones suaves. Iba a encontrarse con su hijo por última vez, ese hijo que jamás ella había podido tener. Tenía que ayudarla. No eran tan diferentes como para que una azafata advirtiera el recogido de pelo que no aparecía en su DNI. Sabía que iba a cometer una locura, ahora sí que sabía que la iba a cometer; así que le ofreció su billete de avión al lado de su DNI a Isabel, que así  se llamaba la mujer que ahora mitigaba su llanto clavando su mirada en lo que Bárbara le ofrecía. ¿Qué suponía la pérdida de un DNI frente a la pérdida de un hijo? Isabel no supo cómo agradecer la ayuda pero quedaba poco tiempo y había que embarcar: recogió los documentos y, sacando de su cartera su propio DNI se lo entregó a Bárbara como prueba de que regresaría a devolverle el suyo. Apresuradamente, le dibujó en un papel los números que parecían ser de un teléfono y abrazó a Bárbara. Esta le rogó que aceptase dinero para el viaje de vuelta y para cubrir de orquídeas amarillas la losa de su hijo.


Mientras veía alejarse a Isabel por la puerta de embarque volvió a pensar que tal vez esa mujer fuese una oportunista, que huiría con el dinero, que el DNI que le había entregado seguramente fuese falso, que quizás había sido víctima de un timo, que… pero daba igual. Recogió su bolsa de equipaje y pensó que, antes de regresar a casa en el taxi comería algo en el aeropuerto. Regresaría a casa, sí, sus fuerzas flaqueaban. Vencida por sí misma se sentó en un restaurante del aeropuerto a retrasar la inminente vuelta al hogar, la barca de Caronte la esperaba detrás de la puerta de salida del aeropuerto. Lloró. Perdió la noción del tiempo. Entró en un sopor que refugió sus lágrimas, jugó a la rayuela con las horas, cerró los ojos cuando los relojes de arena bucearon en los abismos de su alma mientras que la cucharilla del café tejía remolinos infinitos en sus aguas oscuras.

Cuando salió de ese sueño y a medida que sus ojos y oídos volvían a la realidad, observó como en el aeropuerto reinaba gran confusión. Gran cantidad de gente se agolpaba en los puntos de información mientras que otra era presa de la conmoción. Preguntó amablemente al camarero que le había servido qué era lo que ocurría. Él le explicó que el vuelo a Jamaica que había salido esa misma mañana se había estrellado en pleno Atlántico. Bárbara palideció, no sabía con certeza si realmente había despertado de ese sueño anterior o aún seguía en la antesala de ese temblor que precede a la muerte.



El resto había sido muy sencillo, pensó mientras ahora miraba por la ventanilla del avión. No había habido supervivientes y algunos cadáveres   -entre ellos el de ella-   no habían sido localizados. Hicieron pública la lista de pasajeros embarcados en los que aparecía su nombre y avisaron a su marido que se preocupó de un entierro burocrático ante sus amigos de la alta sociedad. Ella tomó el siguiente avión en el que ahora viajaba rumbo a Jamaica con el nombre de Isabel Pardo Freyre. Apretó entre sus manos el DNI de la mujer fallecida y creyó haber olido un suave aroma a flores.




 Lo primero que hizo al llegar a su Paraíso fue cubrir de decenas de orquídeas amarillas la sepultura del hijo de Isabel, sepultura que descubrió que existía tanto como su hijo. Jamás había visto sonreír a esta mujer pero juró haber oído su sonrisa entre los pétalos de las flores. Ella también sonrió mientras el viento arremolinado en un ciprés del cementerio le susurró que su vida comenzaba con su propia muerte.






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