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jueves, 4 de febrero de 2016

FÁBULA DELTIEMPO


Salvador Dalí


FÁBULA DEL TIEMPO


¿Y si el tiempo solo fuera esa pequeña pausa que se tropieza con la coma, o ese pequeño guijarro convertido en punto al que apartamos de nuestro camino con un pequeño puntapié?

El tiempo no es más que el balance de lo aprendido, la caligrafía de estaciones de nombres inamovibles, la letra cursiva de lo que repetimos y rememoramos, el subrayado de lo que no queremos olvidar.

Los minutos son las letras del alfabeto que escribimos al azar, creando laberintos de prosas de años que acaban desgajadas en versos de recuerdos.

El tiempo es la fábula de la vida cuya moraleja habita olvidada en el papel arrugado que arrojamos a la papelera del olvido. Cada página en blanco que espera tiene un epitafio en el tiempo, una eternidad en la memoria.


¿Y si el tiempo solo fuera el reloj averiado  de los siglos, el silencio de lo que no existe, la fotografía velada del espejo, la brisa efímera y muda que sigue errando por esos surcos y letanías de horas?


jueves, 6 de marzo de 2014

MANZANAS LITERARIAS: PRIMER MORDISCO

 

MANZANAS LITERARIAS

(Primer Mordisco)

 

El zumo que más le gusta a la literatura desde todos los tiempos ha sido el de manzana. Nunca una fruta ha sido tan exprimida por manos de escritores, poetas y novelistas, escribas y escribidores, todos de bien, como esta, la  mattiana latina, que desembocó en la jugosa y apetitosa manzana. Brillante y redonda, roja, amarilla o verde, insinuante en sus formas femeninas o venenosa en su contenido; misiva de amor o erotismo, pecaminosa en algún lugar paradisíaco. Fruta y fruto de la discordia en el orbe de dioses clásicos, clave y llave de moralejas en el jardín de los cuentos de todas las épocas. Musa para poetas cuyo aroma trasciende el tiempo, fórmula magistral de la gravedad para el físico. Sexual y sensual en las plumas de todos los tiempos. ¿Se atreven a darle un mordisco?

Este breve e incompleto resumen pretende ser el aperitivo de lo que les ofrezco en esta ocasión. El ingrediente está muy manido, pero siempre hay receta gastronómica que adquiere sabor diferente de las distintas manos que lo cocinan. Les invito a cenar manzanas cocinadas en el horno de la literatura de todos los tiempos. Tengo el atrevimiento de pedirles que se fijen en el cocinero o cocinera, que aquí la diferencia de género va a ser importante: el eje vertebrador de este pequeño estudio es el significado tan distinto que adquiere la inocente manzana ya esté en manos de hombres, ya en manos de mujeres. Y estas últimas, como ya estarán intuyendo, son las que se llevan la peor parte. Como decía mi querido y atrevido Arcipreste de Hita:

Talante de mujeres, ¿quién lo puede entender?

Su maestría es mala, mucho su malsaber.

Comencemos el festín.

 

PRIMER MORDISCO:

ANTIGÜEDAD CLÁSICA GRECOLATINA

 

Es en este período donde encontramos manzanas a doquier, vayamos al rincón literario que vayamos. Mitos y leyendas están gratinados con manzanas. Algunas comestibles, otras, no tanto. La manzana para la antigüedad clásica era el símbolo del amor, la sensualidad y la sexualidad (ya se encargaría el Cristianismo, para aguar la fiesta,  de solucionar este exceso; pero no adelantemos acontecimientos).  

 

1)   Manzanas de Gea

La manzana también estaba relacionada con la fecundidad: la diosa de la tierra, Gea, obsequió a la celosa Hera con manzanas de oro como símbolo de fertilidad cuando se casó con el donjuán de Zeus. A esta le gustó tanto el regalo que decidió plantarlas en un jardín al borde del océano, dando lugar al Jardín de las Hespérides. Este acontecimiento es el punto de partida para muchos de los mitos que vendrán después.

Las manzanas surtieron efecto ya que Hera tuvo cinco hijos de Zeus y uno ilegítimo como venganza a una de las muchas infidelidades de su marido.

  Obsérvese que la manzana en poder de la mujer pasa a significar fertilidad.


Hera en el lecho nupcial con Zeus
 
 

2)   Las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides

El Jardín de las Hespérides, como acabamos de decir, era el huerto de Hera, formado gracias a las manzanas de su regalo de bodas. Un maravilloso jardín situado en la cordillera de Atlas, en el norte de África y al borde del océano. Sus árboles daban manzanas de oro que proporcionaban la inmortalidad. Por temor a que se las robaran puso guardianas, las Hespérides o “damas de la noche”, tres ninfas de dulce cantar que cuidaban de las manzanas pero  -la tentación era grande-  a veces recolectaban la fruta para sí mismas y, como Hera no confiaba en ellas   -y bien hacía-, también dejó a mayores, como custodio, a un dragón de cien cabezas llamado Ladón.
 
 

 

El jardín de las Hespérides de Frederic Leighton (1892)
Euristeo, tío y enemigo de Hércules, fue quien le encomendó a este último su undécimo trabajo con muy mala idea: robar las manzanas del Jardín de las Hespérides. El pobre Hércules, que no tenía ni idea de dónde estaba el jardín, se las vio y deseó para encontrarlo. Y cuando lo hizo, tuvo que engañar a Atlas, gigante que sostenía la bóveda del cielo, para que fuera a recuperar algunas manzanas de oro ofreciéndose a sujetar el cielo mientras él iba a buscarlas. Atlas accedió, las trajo,  Hércules tomó las manzanas y se marchó. Hay otra versión que dice que fue Hércules quien tomó las manzanas por sí mismo después de matar al dragón Ladón.

 
Hércules robando las manzanas del Jardín de las Hespérides.

 Detalle del mosaico de los trabajos de Hércules de Liria (Valencia)

En cualquier caso, obsérvese que las manzanas en manos de un hombre, en este caso, son símbolo de ingenio o valentía y, en todo caso, de victoria.

Y… las manzanas que Gea regaló a Hera, van a seguir dando guerra, y nunca mejor dicho con lo que viene a continuación:

 


3)   La manzana de la discordia

Eris, la diosa de la discordia, no había sido invitada a la boda entre dos dioses y, enfadadísima, como venganza lanzó entre los invitados una manzana dorada con la inscripción: “para la más bella”. Y adivinen la que montó entre aquellas que se consideraban las más divas… Tres diosas de lo más glamurosas, Afrodita, Hera y Atenea, se consideraban merecedoras de tal manzana y comenzaron a pelearse por el título (¿quizás el primer concurso de belleza de la historia?). Como se pusieron inaguantables, se llamó a Paris, un mortal que era pastor, y ya que estaba alejado del mundo y de las pasiones humanas era la persona idónea y más objetiva para elegir a la más bella y así terminase de una vez por todas la disputa. El lío en el que metieron al pobre hombre fue de órdago como luego veremos. ¿Se pensaban que el soborno era un invento actual? Se confundirían. Las tres diosas intentan sobornar a Paris, Hera ofreciéndole poder político, Atenea la sabiduría y la victoria, y Afrodita el amor de la mujer más bella del mundo. Paris entra en el soborno eligiendo a esta última, que le promete a Helena. Las otras dos diosas, enojadas con el desdén causaron el hundimiento de Paris y su familia porque, para tener a Helena, antes la tuvo que raptar y esto provocó el comienzo de la Guerra de Troya como ustedes saben.
 
 


El Juicio de Paris de Enrique Simonet, 1904.

Obsérvese que en este caso, la manzana en manos de una mujer lo que provoca es todo lo contrario que en el caso anterior que estaba en manos de un hombre. Ahora genera guerra, devastación, disputas y envidias. A medida que avancemos, esto va a ser una variante que se repite.

 

 

4)   Las manzanas de Hipónemes y Atalanta

Atalanta, heroína griega consagrada a Artemisa y reconocida por sus habilidades para la caza y las carreras, debía mantenerse virgen tal y como requería esta consagración a la diosa. Un día, un oráculo le vaticinó que el día que se casara se convertiría en animal. Todo esto, junto que su padre la abandonó en un bosque cuando nació porque solo deseaba hijos varones, hizo que Atalanta evitara cualquier pretendiente. Solo se casaría con una condición: que el pretendiente la ganase en una competición, en una carrera, cosa casi imposible dado las habilidades de esta dama para correr. Un joven apuesto llamado Hipónemes, enamorado de ella y agudizando el ingenio, le retó a esta competición. Utilizó una treta: dejó caer tres manzanas de oro (ya saben de qué jardín procedían…) durante el recorrido. Se las había regalado Venus, la diosa del Amor. Atlanta, hechizada por la mágica belleza de las manzanas, se paraba a recogerlas, lo que hizo que perdiera la competición y tuviera que convertirse en esposa de Hipónemes. Enamorados, los esposos no encontraron otro lugar mejor para gozar de su amor que en uno de los santuarios consagrados a Cibeles. Y claro, la diosa se enfadó, convirtiendo a ambos en leones (la profecía del oráculo se cumplió) y los ató a su propio carro para que tiraran de él, tal y como aparecen en la fuente de la Cibeles del Paseo del Prado de Madrid.

Observen el valor de la manzana en manos de un hombre: ingenio, éxito, victoria (como en el caso de Hércules). Ni parecido a los casos anteriores de mujeres.

 



Guido Reni (1575-1642)   Hipómenes y Atalanta

 

5)   Las manzanas de Aristófanes y Paulo

Tanto Aristófanes, comediógrafo griego, como Paulo Silenciario, poeta bizantino, identifican a las manzanas con los pechos femeninos:

LAMPITO: Así Menelao cuando vio, pasando a su lado, las manzanas de Helena, tiró la espada, según dicen.

Aristófanes, Lisístrata.

 

LA JOVEN:

No hables mal de las jóvenes

pues el placer reside

en los muslos tiernos,

y en las manzanas.

Aristófanes, La Asamblea de las Mujeres.

 
Busto de Aristófanes
 
Prefiero, Filina, tus arrugas a la savia
de cualquier juventud y deseo más tener en mis manos
tus manzanas de puntas alicaídas
que el enhiesto pecho de una tierna joven.
Paulo, Epígramas eróticos griegos.
 
Obsérvese que las manzanas en la literatura de hombres se identifican con el cuerpo femenino, con un significado sexual o sensual.
 
 
6)   Las tres manzanas de Ovidio
Por último, veamos lo que Ovidio, gran poeta romano, nos dice al respecto de la manzana. Publicó un cuento titulado “Las tres manzanas”. Reproducirlo íntegramente sería abusar de su paciencia, por tanto, resumiré el contenido. En un árbol han florecido tres hermosas manzanas tan doradas como el oro. Las van cogiendo tres personas: el primero, un joven que no puede resistir el placer de comérsela. La segunda persona, una mujer, que quiere preservar su belleza encerrándola en un cajón por lo que la manzana acabará pudriéndose. El tercero es un anciano que la corta por la mitad, saca sus semillas y las planta para que florezcan nuevos manzanos. Solo en este tercer caso, el viento del huerto canta:
Semilla plantada, tesoro ganado.
El esfuerzo de la manzana se ha logrado.”

Busto de Ovidio
La moraleja del cuento está clara. Pero observen como solamente en manos de un hombre  -anciano-, la manzana toma el significado de sabiduría. En la mujer, solo belleza; y en el joven, solo deseo. La diferencia de género y, en este caso, también de edad,  marca diferencias notables en esos valores significativos que rodean a nuestra manzana.
El primer mordisco grecolatino a la manzana, ha finalizado. Espero que no haya causado malas digestiones. Les invito al segundo mordisco en una siguiente publicación: ¿cómo madurará la manzana en la literatura del Cristianismo y de la Edad Media?
(Continúa)

martes, 29 de octubre de 2013

NOCHE DE DIFUNTOS: PROCESIÓN DE ÁNIMAS EN ZAMORA Y LA SANTA COMPAÑA

 
 
Procesión de ánimas en cementerio de Zamora
Fotografía: J.L. Leal
 
NOCHE DE DIFUNTOS:

 PROCESIÓN DE ÁNIMAS EN ZAMORA Y LA SANTA COMPAÑA

Zamora es la única ciudad de España en la que sigue viva la tradicional Procesión de las Ánimas, en la que la Cofradía que lleva el mismo nombre, desfila con recorrido íntegro por el cementerio de la ciudad la noche del 2 de noviembre, rezando el rosario a la luz de las velas que portan. Esta celebración única proviene del siglo XIX aunque se retomó en el año 1962.

Macabra o devota, curiosa o religiosa, mítica o tradicional, no deja de tener su interés cultural, social o de otro tipo, según sea el color de la retina que la observe. En el color de la mía  -soñadora por excelencia-   no deja de aparecerse un reflejo, subjetivo y literario, de la temida Santa Compaña o “a procesión das ánimas” en pena de la mitología popular gallega en su origen, pero también extendida a Asturias, antiguo Reino de León (León, Zamora y Salamanca), Extremadura y parte de Castilla.

Aunque sea a distancia prudencial, ¿se animan a acompañarme en este viaje tras la Santa Compaña? Comencemos.
 

 

Procesión de ánimas en cementerio de Zamora 
Fotografía: J.L. Leal
La Santa Compaña es una procesión de ánimas en pena, vestidas de túnica blanca con capucha, que a partir de las doce de la noche recorren errantes los caminos. De “santa” tiene poco porque su misión es anunciar la muerte, visitar las casas en las que habrá una defunción en un periodo corto de tiempo. Envueltas en sudarios y con los pies descalzos, forman dos hileras y cada una porta una vela encendida. Al frente de esta comitiva fantasmal va un espectro mayor llamado Estadea. Caminan rezando el rosario, entonando cánticos fúnebres y tocando una campanilla.
 
 
La procesión va encabezada de un vivo, hombre o mujer, que porta una cruz y un caldero de agua bendita. Esta persona, al amanecer, no recordará nada de lo transcurrido durante la noche pero se le reconocerá como penado por la Santa Compaña por su extremada palidez y delgadez que irá en aumento ya que están condenados a vagar noche tras noche, sin descanso, hasta que su salud se debilita y muere, o bien hasta que la Santa Compaña encuentre a otro incauto y este vivo pueda pasarle la cruz que porta.
 
 
 
La Santa Compaña no siempre es visible y, teniendo en cuenta las consecuencias de un encuentro con ella, es preferible que así sea. Pero se notará su presencia cuando haya olor a cera, el viento se levante o los aullidos de los perros sean lastimeros. Puede aparecerse en diferentes lugares siendo los preferidos las encrucijadas o las zonas próximas a los camposantos, siempre en busca de algo o alguien. Las fechas que eligen para sus apariciones durante el año son varias, pero la incidencia es mayor en la Noche de Difuntos o en la Noche de San Juan.
Aquellos que lograron ver esta procesión de ánimas y consiguieron sobrevivir dicen que suelen venir a reclamar el alma de alguien que morirá pronto, quizás dentro del propio año. Le reprochan errores cometidos condenándole a vagar con ellos encabezando dicha procesión. Otros aseguran que anuncian la muerte de alguien conocido por el que ose  verla o toparse con ella. Tengan, entonces, especial cuidado si esa noche de difuntos pasean cerca de cementerios.
 
 
Apártense de su camino si consiguen vislumbrarla a los lejos. Cierren los ojos y huyan en cuanto noten su presencia. Tápense los oídos para no escuchar sus cantos fúnebres. Todo cuidado es poco. Si son sorprendidos por ella, rápidamente tracen un círculo en el suelo con una cruz o estrella de Salomón en su interior y entren en él. Estas ánimas no podrán rebasar el perímetro de este círculo. En cualquier caso, no tomen ninguna cruz que algún difunto de la procesión les ofrezca ya que inmediatamente se condenarían a formar parte de esta comitiva. De cualquier modo, si en el destino está escrito que deben encontrarse con la Santa Compaña, rueguen que ese encuentro sea cerca de algún cruceiro ya que estas cruces, situadas en las encrucijadas de los caminos, serán una buena protección contra ella.

 
La Santa Compaña puede tener sus raíces en diversas creencias celtas en los espíritus nocturnos. El noroeste peninsular fue un vivo asentamiento de este pueblo, y sus habitantes recogerían y guardarían estas creencias. La Iglesia en su empeño de monopolizar todo, al no poder erradicar estas creencias populares profundamente arraigadas en la población, cristianizó las costumbres  y los relatos de origen pagano sobre el culto a los muertos. Así, apareció la idea del Purgatorio y el resto del camino de la Santa Compaña… se lo pueden imaginar: pecadores que murieron en pena y vagan en busca de ese Cielo prometido.
Tengan cuidado esta Noche de Difuntos y si alguno de ustedes consigue fotografiarla, háganmelo saber…
Mientras tanto les dejo una sonrisa. La que les despertará este vídeo con un fragmento de  la extraordinaria película de José Luis Cuerda “El bosque animado” (1987), basada en la novela de Wenceslao Fernández Flórez. Se trata del encuentro del bandido Fendetestas con el ánima en pena de Fiz de Cotovelo que acabará uniéndose a la Santa Compaña para conocer mundo...
 
  

 
 

domingo, 6 de octubre de 2013

LA ODISEA DE PENÉLOPE

 
Fotografía: Paz Barreiro
 "Esperando a Ulises"
 Acrílico sobre lienzo.65x54

(Mi agradecimiento a la magnífica pintora Paz Barreiro por su amabilidad para cederme la utilización de la imagen de este maravilloso acrílico que pueden contemplar. Les invito a que visiten su espacio porque es realmente espléndido. Belleza, inteligencia, sensibilidad y arte garantizados.)
 

LA ODISEA DE PENÉLOPE

Me lo preguntaste tantas veces como la luna se atrevió a rasgar la noche, y yo siempre te contesté con un no mientras besaba el aroma de tus labios. Te sonreía con mirada felina mientras repetía la negativa en el recodo de la tarde, entrelazando juguetona mis dedos mentirosos entre tus manos, aquellas que escribieron sobre mi piel caricias de trayecto tan palpitante como ahora lejano.

Me lo preguntaste cuando el día despertaba perezoso entre nuestras sábanas y cuando la noche nos invitaba a extraviarnos en su oscuridad como animales salvajes.  Y yo siempre sembraba en los surcos de tu pelo un no, mientras lo acariciaba y escondía en su espesura el disfraz veneciano del sí.

Siempre te lo negué con ese lenguaje que Judas enseñó a la humanidad.

Ahora, lo confieso: te fui infiel. Infiel desde el alma hasta el pie. Tan infiel como la luz a la noche, tan infiel como el sol con esas blancas y frías tardes de diciembre.

Infiel hasta la médula cuando tus besos apresurados no dejaban lluvia fértil en mis labios sino desiertos silenciosos de dunas tras las cuales nunca encontraba ni tan siquiera el espejismo de un oasis. Por eso, después de cada beso, al minuto te era infiel, cuando iba errante a esos páramos e imaginaba labios hambrientos de mi piel.

Infiel como las flores al otoño,  cuando mis palabras se estrellaban con la ausencia de tu mirada.  Mi caligrafía verbal se despeñaba, entonces,  por tus precipicios de silencios. Y estabas a mi lado pero no estabas. Por eso me iba sin moverme de tu lado,  y llegaba a acantilados donde el eco me saciaba con respuestas que nunca florecieron en tu alfabeto de Babel.

Infiel como el rosa al arco iris cuando mis lamentos y preocupaciones quedaban sepultados bajo el lienzo blanco de tus pinceles callados. Tu ombligo era más importante que el valle de mis lágrimas que siempre acababan desembocando en un mar repleto de cementerios de tristezas. Era entonces cuando te era infiel, cuando emergía como un tritón de las profundidades del océano e imaginaba una travesía dichosa rodeada de abrazos que arroparan el frío de la travesía.

Sí, te fui infiel, más infiel que los dioses ante las súplicas de los hombres, cuando tejía al amanecer en el manto de Penélope las palabras de un te quiero y, al caer la noche, deshilabas con indiferencia el tapiz de sueños con el que intentaba vestir o disimular las estalagmitas de tu corazón. Entonces, era entonces cuando te era infiel, cuando recogía del suelo los trocitos de un te quiero lastimado, y los introducía por la boca de una botella náufraga que acababa arrojando en un mar de lámparas de Aladino, deseando que arribara a esa isla donde el puzle de mis palabras acabaran tatuadas en su orilla.

Amé mucho y más. A otra persona, sí. Te fui infiel. Una y mil veces. Con quien más ignorabas. Con quien más desconocías. Con quien más despreciabas. Conmigo misma.

lunes, 30 de septiembre de 2013

HUELLAS NÓMADAS



SUEÑO III


HUELLAS NÓMADAS


Soñó que andaba cabeza abajo.

Que las líneas de su mano eran las huellas que iba dejando a lo largo del camino terroso. Huellas de cinco dedos en las que en su epicentro se distinguía el ramaje del árbol de la vida. Miró hacia atrás  sin dificultad y le divirtió el reguero de manos idénticas que dejaba a medida que avanzaba. Pero el viento del norte borró con un fuerte suspiro las líneas torcidas de la caligrafía de sus manos. Se extravió cuando el rastro de sus líneas desapareció, mientras el viento huía con lo hurtado a sus espaldas. Siguió caminando.

El camino de tierra seca se convirtió en arcilloso.  Volvió la diversión. Sobre el ocre del sendero, ahora además se advertían con nitidez, sus huellas dactilares coronando cada pétalo de su mano. Laberintos ovalados se escribían en cada punta de sus dedos. Le pareció distinguir en alguno de ellos la sombra del Minotauro.  Pero la tormenta que se ocultaba en un cielo que ya no podía ver, descargó torrentes de lluvia que difuminaron los surcos de senderos dactilares. Anegaron entradas y salidas laberínticas, ahogaron a la bestia e incluso hasta al mismo Teseo. Ruinas cretenses fueron sus huellas, esqueletos dactilares de su travesía.  Volvió a su extravío. Pero siguió haciendo el camino, con manos huérfanas de pies.

El camino desembocó en una playa de arena fina. Mientras avanzaba por ella observó que sus huellas esta vez no hablaban ni de líneas ni de estampas dactilares únicas e intransferibles. Sus huellas eran minúsculos valles deformes sin contornos definidos en los que se perdían algunas conchas y caracolas mudas. Pequeños hoyos aprendices de precipicios. Le entristeció la metamorfosis difuminada en la que se había convertido el rastro de su camino. El mar, padrastro  de navegantes intrépidos,  le invitó a acercarse a su piel, y en la orilla húmeda volvió a reconocer con entusiasmo los perfiles de esas manos afanosas de construir caminos. Sus palmas se hundían en una arena húmeda que vestía de salitre y de perfume de travesías cada dedo, cada poro, cada huella de su piel. Pero las olas,  celosas del mar,  se precipitaron hambrientas sobre los vestigios sobre la arena y devoraron en un segundo azul todo rastro de andaduras en la epidermis de la orilla.  Y reconoció, por tercera vez consecutiva, ese extravío que deja ciegas a las palabras y mudas a las miradas.

Soñó que andaba cabeza abajo.

Y cuando despertó del sueño, aún la tristeza se deslizaba entre las sábanas. Comprobó que sus pies podían llegar a tierra firme cuando sintió que el frío de las baldosas del suelo los lamían en aquella fría mañana de octubre. Respiró con alivio. Pero al mirar las palmas de sus manos sintió el dolor de llagas abiertas herederas de arduas travesías, espejos de estelas de odiseas de dioses caníbales.

Cicatrizarían.

martes, 10 de septiembre de 2013

ANDANZAS Y MUDANZAS CASTELLANOMANCHEGAS

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ANDANZAS Y MUDANZAS CASTELLANOMANCHEGAS
Volvió a su tierra un día en el que el corazón fue herido en su epicentro por la punta de un zapato  afilado. No hubo sangre que pudiera cicatrizar la herida, solo fríos vientos de silencio que le invitaban a embarcarse en el navío que le llevaría al viejo mar castellano  que le vio nacer.
 Dudó durante cinco largos días y cinco insomnes noches de esta travesía incierta. Se asomó muchas veces a la playa quijotesca de encinas y tierra seca para intentar ver en la lejanía algún indicio que confirmara su decisión de volver a esas tierras frías y duras cabalgadas por el Cid. Pero su dubitativa mirada solo podía mezclarse con la niebla que llegaba hasta la lontananza, creándose así un brebaje mágico y druídico que unas veces amenazaba con el veneno de lo desconocido, y otras,  alentaba con el misterio de lo ignoto.
 Alguna atardecer, mientras contemplaba el largo  trayecto a recorrer, creyó oír cantos de sirenas que le arrebataban las dudas y las introducían en las profundidades del mar manchego. Emergía, entonces, en el horizonte, la punta afilada de una lanza en astillero y una adarga antigua cabalgando encima de un rocín flaco. La figura cervantina que emergía del horizonte le hablaba de sueños que perseguir, entuertos que desfacer, gigantes que vencer y de quimeras e ínsulas por conseguir. Alentada por este hidalgo de triste figura, era entonces cuando su alma se animaba a viajar de meseta a meseta, era entonces cuando sus huellas se levantaban y deseaban recorrer las riberas del Duero dejando huérfanas las del Guadiana, era entonces cuando el caballero de La Mancha le secaba las entendederas completamente de tanto decirle sin cesar:
- La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…
Y era entonces cuando deseaba emprender el viaje en busca de aventuras nuevas que cauterizasen la oquedad de ese corazón taladrado por la punta de un zapato. Y cuando más convencida estaba de emprender el camino hacia el adusto norte castellano, emergía en el horizonte al lado de la vetusta sombra quijotesca del caballero, una figura rechoncha y bajita, con aliento de ajos y de sabiduría popular que, después de echar un buen trago de vino de Valdepeñas de su bota, le explicaba e insistía que aquello que su amo veía en el horizonte no eran gigantes sino molinos, molinos de viento, inmaculados y laboriosos molinos que atrapaban vientos con sus aspas como él mismo atrapaba moscas, y los engullían para llenar sus orondas panzas con las que se estrellaría si hacía caso a su amo en emprender andanzas más allá de las tierras manchegas. Avisada quedaba. Era entonces, cuando decidía permanecer en esa tierra adoptiva de vides, olivos y encinas, anfitriona honesta y cálida con sus forasteros, humilde y humana hasta los huesos, literaria por propia definición.
Y así transcurría la noche, como un bajel a la deriva en un océano peinado por olas de dudas, en un mar manchego donde el sonido de las caracolas se mudaba en cantos nocturnos de grillos que acunaban los sueños e ideales quijotescos y los ronquidos del realismo de panza satisfecha, ambos durmiendo bajo una encina sempiternamente.
Si los maravillosos e increíbles atardeceres sangrientos y azafranados de La Mancha le hablaban de alfabetos cervantinos, los amaneceres de sol robusto y diáfano le seguían iluminando, casi hasta la ceguera, el sendero que llevaba a la Castilla que le vio nacer. El último día del que disponía para decidir su sí manchego o su no castellano amaneció con un aroma conocido: el de la piel del Duero. Reconoció al instante el olor penetrante de sus aguas machadianas, lentas en su discurrir, espejo de los olmos de sus riberas, guardianas de gestas de caballeros, cofres que atesoraban los romances de las alevosías de reyes y nobles. Duero legendario, Duero anciano de versos y poetas, Duero de huellas perpetuas con las que bañaba las faldas de sus ciudades tradicionales, inmovilistas, leales al reloj detenido en el rincón de telarañas del tiempo.
 
 
No solo sintió este aroma castellano sino que desde las entrañas del amanecer apareció en el horizonte un reflejo cegador de una armadura de caballero que, desde una loma peinada por el estío, aparecía montado en su colosal caballo invencible en la Reconquista. La sombra del caballero no era quijotesca, estaba impregnada en polvo, sudor e hierro, de heráldica de castillos, leones y abolengo de piedra luciendo en fachadas de cunas castellanas. De Vivar era su mirada, de Castilla su corazón, admirado por sus mesnadas, temido por los árabes al que bautizaron  el Cid. Señor de sus vasallos, vasallo eternamente de su rey.
Este otro caballero, después de mirarla unos instantes con la altivez y el señorío que solo otorga la victoria de las guerras, le habló de batallas por ganar que la esperaban pacientemente en las puertas de Castilla, de sangre familiar que la añoraba dentro de recintos amurallados, de tierra madre que palpitaría al unísono de sus arterias, de retos por vencer y gestas que engrandecer. Le habló de la lealtad a la tierra que le dio vida, le recordó que la valentía solo era el alfabeto que entendía el amor y la vida, y esta, la vida, solo estaba hecha para los valientes. Ella le escuchó reconociendo su cobardía para emprender un viaje a esa tierra abandonada durante 17 años, pero el aliento poderoso del Cid le animó ofreciéndole las dóciles aguas del Duero para enjugar el llanto, y la dura y árida tierra castellana de la que levantarse después de cualquier caída.
No sé sabe muy bien el porqué lo hizo pero volvió, volvió a su tierra castellana un día caluroso de los del mes de julio. A medida que se alejaba de La Mancha entre casas encaladas de recuerdos y cinceladas de añil, sentía como una parte de su corazón se quedaba allí, entre olivos, vides y encinas, enterrado en Cuevas de Montesinos, fundido en la piedra de los castillos de la Orden de Calatrava, reflejado en las cristalinas aguas de las Lagunas de Ruidera, cobijado bajo las alas de las aves de las Tablas de Daimiel. En una loma divisó el adiós del caballero quijotesco y su leal escudero:
-          ¡Seguirán siendo gigantes aunque te parezcan molinos…! – le gritaba insistentemente en la lejanía su ya amigo Don Quijote.
Llegó al final de su viaje: a la Castilla fría y sola, recia de palabras, la noble y leal tierra amasada por el silencio, los poetas y los caballeros. Su corazón se instaló allí por la inercia que concede el tiempo y lo inevitable. Corazón incompleto.  Su amigo Don quijote tenía razón: eran gigantes, no molinos. El Cid también: las aguas del Duero enjuagan su llanto y las lágrimas son conducidas a un mar de encinas y casas pintadas de añil, mientras la dura y árida tierra castellana la invita a levantarse de nuevo.



viernes, 24 de mayo de 2013

CRUCIGRAMA BABÉLICO



La torre de Babel (1563).- Pieter Brueghel


CRUCIGRAMA BABÉLICO

La noche anterior había puesto el despertador a las diez de la mañana. Sería sábado. Había sido una semana intensa de trabajo. Necesitaba descansar. Además, lo había preferido poner en opción de radio ya que prefería que le despertaran las noticias y, así, poder aprovechar cinco minutos más en la cama poniéndose al día en la actualidad.

Cuando el manto de seda negro de la noche se levantó de la ciudad, el sol ya comenzaba a querer filtrarse por las rendijas de la persiana de Marcos. Fue entonces cuando le despertó en la radio, a la hora convenida, la canción “Así estoy yo sin ti” de Sabina. Pensó en Maica. La reconoció por la melodía ya que se sorprendió oírla en un idioma que desconocía. Nunca había sido muy ducho en idiomas pero manejaba tres con aceptable fluidez. Pensó que las discográficas ya no sabían ni qué hacer para vender discos en esta época de crisis total. Suspiró y esperó tumbado en la cama a que el tema musical terminara. Las noticias estarían a punto de emitirse. Pero cuando llegaron, su ceño se frunció extrañado al comprobar que no entendía ni una sola palabra de lo que estaba emitiendo el periodista. Inglés no era, lo tenía bien claro, y mucho menos francés; a ratos se parecía en algo al alemán, pero tampoco se trataba de la lengua teutona. No entendía nada aunque el dialecto le parecía haberlo oído en alguna ocasión. Intentando encontrar una explicación al asunto, pensó que se trataba de una interferencia extraña de alguna emisora de algún país del este, ya que esos idiomas sí que los desconocía completamente. Con gesto de estupor, decidió levantarse de la cama y prepararse el desayuno.

Mientras la mañana del sábado giraba en el remolino negro de su taza de café, se sobresaltó al escuchar una fuerte discusión de los del piso de arriba. Eran una joven pareja alquilada que llevaban tiempo sin entenderse demasiado como atestiguaban las continuas discusiones que cada vez se producían con más frecuencia. O ¿ya no eran ellos? Porque lo que estaba escuchando era una discusión en un idioma que no se parecía en nada al castellano. ¿Serían nuevos inquilinos inmigrantes?

-      - Qué mala suerte  - pensó Marcos -  ¿es qué todas las desavenencias conyugales vienen a parar al piso de arriba?

Con fastidio y para mitigar el ruido, decidió poner la televisión mientras apuraba el último sorbo de café. Se sorprendió al comprobar que el primer canal que aparecía en pantalla, emitía un programa de cocina en un idioma, por tercera vez durante la mañana, incomprensible para sus oídos. Decidió cambiarlo, pero la tertulia política que había en el siguiente emitía en ese enigmático idioma. Sin salir de su estupor, empezó con nerviosismo al martillear una y otra vez el botón de cambio de canal del mando del televisor. Pero en todos los canales el resultado era el mismo: publicidad, noticias, música, deportes, debates… en esa lengua endiablada que no conseguía descifrar.

-                 -  No lo puedo creer… ¿pero qué demonios está pasando aquí?

Imaginó que el problema estaría en su antena parabólica que, a saberse el porqué, se había metamorfoseado en una críptica Torre de Babel. Arrojó enfadado el mando sobre el sofá y decidió irse a dar una ducha que purificara el mal humor con el que había empezado el sábado. Mientras dejaba que el agua caliente se filtrara por los poros de su piel, pensó en las lágrimas de Maica, extraviadas en el banco del parque en el que habían estado la tarde anterior. No soportaba ver llorar a una mujer, así que decidió que lo mejor sería marcharse. Y mientras lo hacía, sintió los ojos vidriosos de Maica, sentada en el banco de madera, clavados en su espalda, intentando dibujarle en cada paso las letras de su alfabeto. Cuando ya estuvo lejos de allí, miró hacia atrás: un reguero de palabras confusas y huérfanas yacían desordenadas a lo largo de todo el trayecto recorrido.

Escogió unos vaqueros negros y una camisa blanca, y decidió bajar a la calle a comprar el periódico y el pan. Mientras esperaba al ascensor, comprobó que la pareja joven de arriba que hacía unos instantes la había oído discutir en un idioma ininteligible, bajaban andando por la escalera, abrazados. Se sorprendió al descubrir que era la pareja que él conocía, no una nueva alquilada como había pensado hacía un instante. Al cruzarse con él, los dos le saludaron con una misma palabra que Marcos, por enésima vez, no comprendió. Respondió al saludo con un sorprendido gesto de cabeza sin poder salir de su asombro. ¿Se estarían mofando de él? Empezó a preocuparse.

Al pasar por el parque, con dirección al quiosco de periódicos, observó como tres niños de unos diez años discutían acaloradamente. A medida que se acercaba a ellos, la riña llegó a las manos y los vio convertidos en una bola de puños y piernas que rodaba por la arena. Apresuradamente se acercó a ellos con intención de separarlos pero se quedó inmóvil al escuchar lo que parecían ser unos insultos en una lengua que no entendía y que ya le estaba resultando familiar. La disputa estaba siendo seria y, a pesar de su estupor, decidió intervenir y separarlos. Los tres chiquillos comenzaron atropelladamente a explicarle a gritos lo que intuyó que podrían ser las razones de la pelea. No entendía nada de nada. Desesperado, decidió taparse con ambas manos sus oídos y alejarse de allí creyendo estar en una molesta pesadilla.



Paisaje con la caída de Ícaro (1558).- Pieter Brueghel

Con verdadero miedo de que volviera a ocurrir, se plantó delante del quiosco. Antes de coger el periódico miró de reojo al vendedor que estaba concentrado en la tarea de un crucigrama. Sin mediar palabra con él, depositó el coste del periódico en la repisa. No soportaría oírle hablar en esa lengua… infernal que esa mañana todo el mundo se había puesto de acuerdo en hablar para provocarle la máxima desesperación. Así que, después de pagar, se dispuso a darse la vuelta e irse de allí lo más rápido posible. Pero cuando aún no había dado ni tres pasos, oyó como el quiosquero gritaba entusiasmado, una palabra ininteligible que debía ser la que había estado buscando a conciencia para completar el crucigrama. Marcos se paró un instante, expiró profundamente, se colocó sus gafas de sol, e intentando mantener el tipo, decidió regresar a casa. No iría ya ni a por el pan.

Se tumbó en el sofá mientras su mano derecha limpiaba su frente sudorosa. ¿El mundo se había vuelto loco o era él el que caminaba al revés? Quiso poner un poco de música relajante para tranquilizarse. Esta vez no habría duda: eligió un disco de los Eagles. Sonarían en un inglés que conocía bien. Necesitaba reconocer y comprender alguna lengua ya que con el castellano no era posible. Esta vez, funcionaría. Con manos trémulas le dio al play. Pero, al igual que antes había sucedido con la canción de Sabina, la lengua de los Eagles era babélica…

-                 -  No, no, no…. –repitió con desesperación.

Y mientras su frente la sostenía con la palma izquierda de su mano, la imagen del sendero de palabras huérfanas que se había creado entre él y Maica la tarde que la dejó en el naufragio de lágrimas en el banco, le vino a la mente. Recordó que cuando miró hacia atrás, yacían en el suelo, detrás de sus pasos, letras negras, mayúsculas y minúsculas, concatenadas al azar, quizás formando alguna palabra, quizás sedientas de frases. Reconoció en el trazo de todas ellas la caligrafía de Maica.

Fue entonces cuando sonó el teléfono. Descolgó el auricular y reconoció una voz dulce y triste que, al igual que en todas las ocasiones anteriores, se cifraba en la lengua que lo perseguía durante toda la mañana. Era la voz de Maica. Sintió alivio al oír su tono de voz, incluso alegría, por ello, decidió no solo oírla, sino escucharla. Ahora, era capaz de descifrar y entender el condenado dialecto. Fue entonces cuando comprobó que acababa de aprender un cuarto idioma. 




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