Manzanal de Arriba (Zamora)
Fotografía: Marisa Vegas
UN VIAJE EN EL TIEMPO: MANZANAL DE ARRIBA
TRADICIÓN EN TIERRA DE LOBOS
(2ª parte)
Y sigo perdiéndome en
ese tiempo detenido en calles, casas,
piedras y pizarras, en ese viento perfumado de otros siglos y petrificado en
Manzanal.
Pasear por un pueblo
cuyas casas son todas de piedra y
pizarra es como sentirte dentro de una maqueta
medieval. Sin embargo, no podemos ocultar la existencia de algunas cuya
apariencia exterior en sus fachadas es de un tosco ladrillo. Me contaban los lugareños que, en realidad, ¡son de
piedra! al igual que el resto, solo que en su día, por peligro de
derrumbamiento, se recubrió esa piedra con ladrillo para reforzar la estructura
de sus fachadas. Son pocas y actualmente sus habitantes se esfuerzan por
retirar esos ladrillos y dejar al
descubierto la hermosa y originaria piedra que las creó. No obstante,
siempre hay algún “atentado” de construcción actual contra el buen gusto y la
estética del lugar, ostentoso en su objetivo pero de resultado bastante
discutible al introducir elementos de construcción que guillotinan la estética
de la piedra originaria del lugar.
Manzanal
de Arriba (Zamora)
Fotografía:
Marisa Vegas
Casas de puertas de dimensiones diminutas que
nos hacen imaginar estaturas, de sus antiguos moradores, muy diferentes a las
actuales.
Manzanal
de Arriba (Zamora)
Fotografía:
Marisa Vegas
Casas de puertas asimétricas, de madera vencida
por los años, y de poyetes
improvisados que guardan el secreto de conversaciones de atardeceres estivales al
fresco.
Manzanal
de Arriba (Zamora)
Fotografía:
Marisa Vegas
Puertas
originarias de
madera pero rejuvenecidas con el color de la sangre de las moras que inundan la
ribera del río.
Detalle
de casa de Manzanal de Arriba
Fotografía:
Marisa Vegas
Puertas
tatuadas con el óxido de cerraduras
moldeadas al calor de una forja rudimentaria. Cerraduras esperando la llegada
de grandes llaves extraviadas en el
olvido de los años. Tan extraviadas que sobre ellas pende el manto de una telaraña que es quien se ha apoderado
de la propiedad de esa cerradura sellando la memoria del tiempo.
Detalle
de puerta casa de Manzanal
Fotografía:
Marisa Vegas
Puertas
con aldabas y pomos
ancianos, de sencilla belleza utilitaria cuyo óxido se encadena con eterna
fidelidad a tablones de madera vencedores de la batalla del tiempo.
Detalle
puerta de casa de Manzanal
Fotografía:
Marisa Vegas
Puertas
sin llaves, de
cerraduras que solo el ingenio sabe construir. También la necesidad. Huellas,
en todo caso, aún tangibles, de la confianza depositada en el vecino amigo y
hermano.
Casas
de Manzanal de Arriba
Fotografía:
Marisa Vegas
Puerta
con puerta, vecino
junto a vecino bajo el mismo cielo de
pizarra gris.
Casa
de Manzanal de Arriba
Fotografía:
Marisa Vegas
Puertas
mirando a ventanas,
ventanas vigilando puertas de entrada y salida. Rincones de piedra y madera en los que se escribió la vida
cotidiana de sus gentes.
Casa
de Manzanal de Arriba
Fotografía:
Marisa Vegas
Puertas
sosteniendo sobre sus hombros cansados a balconadas que, lamentablemente, no han
resistido el paso del tiempo.
Balconada
de casa de Manzanal
Fotografía:
Marisa Vegas
Balconadas
exhibiendo sus esqueletos de madera. Calladas en un
silencio que albergó las miradas de la caída del atardecer mientras la vida
pasaba bajo sus pies.
Escaleras
de casa de Manzanal
Fotografía:
Marisa Vegas
Escaleras
de piedra cubiertas
por el verdín del tiempo, ascenso al descanso después de una jornada de campo.
Casa
de Manzanal de Arriba
Fotografía:
Marisa Vegas
Puerta,
balconada y escaleras de la casa deshabitada y –quizás- la
más típica de Manzanal. La balconada de madera aún conserva la talla de su
decoración que el tiempo no ha podido ajar. Las artesanales escaleras pétreas,
tan bien conservadas, hasta hace pocos años eran el lugar de reunión de adolescentes y jóvenes veraneantes en esas
largas e inolvidables noches de verano de cielo negro tupido de estrellas, según
me relataba una joven participante en tales eventos, que lo recuerda
actualmente con nostalgia y una emoción que se contagia.
Casa
derruida en Manzanal
Fotografía:
Marisa Vegas
Techos
huérfanos de pizarra y azules de cielo. El
tiempo, tirano de las horas, a veces gana el pulso a la vida petrificada.
Ventana
de casa de Manzanal
Fotografía:
Marisa Vegas
Miro por la ventana que tantas veces miró, y siento
curiosidad por el significado de las miradas que atesora y que, solo ella sabe
guardar celosamente, sellando su pacto de silencio con la piedra gastada y las
zarzas verdes que ahora son las únicas que miran a través de su mirada.
Restaurante
“El lobo feroz” en Manzanal
Fotografía:
www.sierradelaculebra.eu
El paseo nos abre un
apetito voraz. Nada más apropiado que reponer fuerzas en el restaurante “El lobo feroz” de
Manzanal. No solo el nombre es apropiado sino que el lugar elegido -una preciosa casa de piedra y madera
perfectamente conservada y decorada con muy buen gusto y sencillez- es una delicia, a la vista y al paladar.
Entrada
del restaurante “El lobo feroz”
Fotografía:
Marisa Vegas
Antonia, la cocinera, les hará recordar el sabor de nuestras ensaladas de la
infancia, donde el tomate sabía a tomate y no a no sé qué. Podrán degustar sus
platos exquisitos de carne a la brasa, así como entrantes de deliciosas
croquetas de zanahoria con copyright
incluido. Y otros platos tradicionales cuyos ingredientes tendrán su verdadero
sabor, el de la tierra de la Carballeda.
Detalle
del comedor interior de “El lobo feroz”
Fotografía:
Marisa Vegas
Podrán hacerlo tanto
en su gran terraza de verano como en
el cálido y acogedor comedor interior. El trato
amable, cercano, cordial y profesional de sus dueños, está más que garantizado.
Lobos
en La Carballeda
Fotografía:
David
No
puedo despedirme sin mencionar al rey de Sanabria-Carballeda: el lobo. En estas tierras se encuentra
el reducto más poblado de toda la Península Ibérica de esta especie en peligro
de extinción y de opinión controvertida para los habitantes de la zona. David, el propietario de este restaurante y amante de fotografiar a este
animal tan esquivo y difícil de ver, así lo exhibe en una fotografía enmarcada
que adorna el local que él mismo tomó en sus incursiones tras el lobo. Le
agradezco su amabilidad por la información
que me proporcionó para localizar los lugares donde este animal tan carismático
como salvaje tiene más probabilidad de
ser visto –cosa nada, nada fácil, se lo puedo garantizar-. La paciencia
infinita es un ingrediente imprescindible... así como un buen equipo. Pero esa
es… otra historia lobuna que quizás me anime a relatar…














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