La lluvia del tiempo difumina los contornos de líneas dibujadas en la tierra húmeda, rayuelas del juego de la vida por las que avanzamos a la pata coja intentando mover correctamente la piedra que hemos encontrado en nuestro camino.
La lluvia del tiempo sofoca la lava que emerge del volcán pero es incapaz de extinguir sus entrañas. Y es que la gesta del recuerdo hasta es temida por el propio tiempo.
Así nos lo recuerda Julio Llamazares (León 1955) en La lluvia amarilla (1988), lectura muy recomendable, cuya huella rescato del olvido…
El tiempo acaba siempre borrando las heridas. El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas. Uno trata de acostumbrarse a convivir con ellas, amontona silencios y óxido encima del recuerdo y, cuando cree que ya todo lo ha olvidado, basta una simple carta, una fotografía, para que salte en mil pedazos la lámina del hielo del olvido.









