Llegó el día esperado como llega la borrasca al otoño.
Exámenes de septiembre, esa nube negra que acecha encima todo el verano. Entro en el aula y observo mi mesa de profesora por la que no ha pasado ni julio ni agosto, ella tiene la fórmula de la eterna juventud. Me siento y rememoro el fotograma de dos meses atrás cuando las vacaciones eran esa brisa que iba a dorar mi piel.
Los recuerdos se esfuman entre el olor a tiza seca cuando los veo a Ellos acercarse tímidamente a la puerta del aula. Van entrando lentamente, como gotas languideciendo de una fuente que no quiere callar. Temen sus pasos. No les asusta el examen tanto como el saber que traspasar el dintel de la puerta del aula significa cerrar la libertad de las vacaciones con la llave que se tira al mar. Arrastran sus pies como si llevaran cadenas con bolas de presidiario: sienten que entran en el calabozo de la preparación para ser adultos. Y a ellos no les gustan las personas mayores desde que hablaron en silencio con El Principito. Quizá yo fui responsable de ello.
Los saludos son breves, quiero ahorrarles la tristeza de rememorar su libertad de gorriones de verano. Ya habrá tiempo para ello. Reparto los exámenes que, por la expresión de sus caras, siento que son pesadas losas blancas que caen sobre sus mesas, sobre su espacio de 60x40 con el que tendrán que convivir otros nueve meses. Nueve duros meses de embarazo cultural en los que permanecerán flotando en la placenta de libros que les hablarán de mundos desconocidos, con ecuaciones donde la equis dejará de ser un aspa, con países que jamás llegarán a conocer, con fórmulas químicas con las que siempre convivieron o con poemas que traducirán su tumultuoso mundo interior de adolescentes. Por la expresión de sus caras, siento y presiento que ya están deseando el próximo parto para junio.
Comienzan a leer el examen en silencio, esas preguntas que han sido cábalas veraniegas, apuestas de combinaciones de loterías cuya base la han tomado teniendo en cuenta lo que ellos creen que son mis gustos literarios. Esperan haber acertado en sus pronósticos. Los observo y sus rostros se convierten en poemas tristes, de euforia, de esperanza, melancólicos, de desdén, de alegría. Me temo que los de la fila de atrás tardarán cinco minutos de cortesía en entregarme la losa blanca sin tallar. Y, lamentablemente, no me equivoco.
El resto se agazapa sobre sus exámenes para escribir su verano de gesta de libros. Algunos prefieren tomarse antes su tiempo para recordar con nostalgia sus primeros escarceos con las largas noches de verano. Bolígrafos de colores danzan sobre sus folios el baile maldito de septiembre, ese mes que aniquila su libertad de niños adolescentes columpiándose en el eco de la felicidad.
Los observo atentamente, no por las clandestinas chuletas que ni se atreven a preparar, la experiencia les aconseja otros atajos, sino por estar presta a cualquier duda o solicitud: eso les tranquiliza y les da seguridad para correr la maratón hacia el aprobado. A ratos, sus ojos miran hacia arriba, hacia el infinito, como entonando un cántico de súplica a los dioses de la lluvia de ideas para que les iluminen esa pregunta que vagó allá por el mes de abril, el mes más cruel, pero sólo recuerdan el aroma de aquella primavera de flores recién brotadas.
Aquellos que escriben más, sacan la lengua hacia un lado: se relamen al saborear ya un muy probable aprobado que les embarque en el crucero del curso siguiente, gruta misteriosa en la que penetrarán a oscuras y acabarán encendiendo antorchas que no se apagarán en el resto de sus días.
Algunos me miran de soslayo con la esperanza de ver escrito en mi rostro el recuerdo de largas explicaciones tan pertinentes para sus folios ávidos de palabras. Les respondo con una sonrisa de aliento que despierta su instinto lingüístico, aletargado por el bochorno estival donde los únicos alfabetos eran los juegos de libertad.
El último en entregarme el examen mira con sorna mi bolígrafo rojo, policía guardián de mi mesa. Sabe con seguridad que no se derrochará en su examen. Por la tarde, en mi casa, me alegro de darle la razón.
Bajo las persianas, los ojos del aula necesitan dormir, ha sido un día duro. Me dispongo a irme con mis exámenes bajo el brazo y desde la puerta, miro a mi mesa de septiembre que despliega su calendario y me mira burlonamente enseñándome el nombre de todos los meses del año hasta junio.
Y me siento como uno más de ellos… no por volver, sino por no haber ido… Pero, para eso está la Literatura…