sábado, 13 de noviembre de 2010

La sombra del viento. Carlos Ruiz Zafón


La expresión “cazurro limítrofe” la aprendí en este libro (La sombra del viento, 2001) entre sonrisas y con gran expectación ante lo que es obvio pero no se ve. Y es que incluso para llevar el apelativo de “malo” se requiere de cierto razonamiento e inteligencia. Si no se cumplen estas premisas, pasamos a ser aprendices de malos, o, lo que es lo mismo, tonto, o, en terminología de Ruiz Zafón, cazurro limítrofe que habla con prepotente sabiduría de lo que no sabe, y critica lo que desconoce aún más. Sinceramente, me quedo con los malos antes que con los imbéciles.


- Es que la gente es mala.

- Mala no -objetó Fermín-. Imbécil, que no es lo mismo. El mal presupone una determinación moral, intención y cierto pensamiento. El imbécil o cafre no se para a pensar ni a razonar. Actúa por instinto, como bestia de establo, convencido de que hace el bien, de que siempre tiene la razón y orgulloso de ir jodiendo, con perdón, a todo aquel que se le antoja diferente a él mismo, bien sea por color, por creencia, por idioma, por nacionalidad o, como en el caso de don Federico, por sus hábitos de ocio. Lo que hace falta en el mundo es más gente mala de verdad y menos cazurros limítrofes.

domingo, 7 de noviembre de 2010

LA VOZ DEL SILENCIO

Fotografía: Marisa Vegas

El silencio es la sombra alargada de las palabras huérfanas. Avanza de puntillas por detrás como depredador ávido de ecos. Y cuando te da alcance se funde con tu piel erizada en un abrazo que no mira a los ojos sino que se reclina sobre tu espalda. Sientes su peso mudo, y cargas con alfabetos callados que lamen tus hombros. Besos sigilosamente venenosos.

El silencio vive de día y respira de noche. Nace en las profundidades de océanos de lágrimas, muere en los cimientos de la Torre de Babel. Pare de sus entrañas fantasmas que son historias, historias que son miedos, miedos que aúllan en la garganta sanguinolenta del lobo. Su afonía dispara en la diana de la imaginación, abriendo la Caja de Pandora y desatando quiméricas tempestades amarradas a las palabras. La Nada del silencio engendra el Todo.

Los fantasmas del silencio son hijos con mordaza que se multiplican en partos sucesivos de horas. Bailan la danza macabra del desasosiego, de la desconfianza, del temor. Castran tus oídos, violan tu percepción. Son expertos pintores de mundos en gris a los que te llevan con su suspiro de alas. Te empujan hacia la cuerda del funámbulo poniendo a prueba el equilibrio de las arterias de tu corazón. Los fantasmas del silencio son espectros carceleros de la comunicación, inquisidores de tinta y voz, pesadillas de las ausencias.

El silencio de mirada felina acecha las gotas de los minutos que caen perezosamente. Teme sentir las garras de las palabras hechas voz, arañar su piel. Entorna sus ojos y dos líneas horizontales verdes brillan en la oscuridad cuando siente su voz confundirse con el eco de esas palabras que sólo son tuyas, que sólo son mías, que sólo son nuestras.

martes, 2 de noviembre de 2010

PINCELADAS DE OTOÑO

Fotografía: Picasaweb


Los pinceles del otoño cantaban al bajar el río. Carmín de hojas de labios desgranados soñando el beso de la tierra. Verde lentamente devorado por las fauces amarillas de alfombras silenciosas, muertas, ajadas por el cuchillo del estío. Cementerio de hojas ocres cantando al son del río.

Olor a tierra mojada son tus ojos, pardos en la madrugada de los árboles del otoño. Miradas cobrizas lamen la luz que huye entre el tiempo de las aguas del arroyo. Las últimas horas de octubre no existen en los campos azafranados, sólo danzas de manos entrelazadas rojizas, alimonadas, mientras la lluvia borra la sombra de dos cuerpos que viajan hacia ninguna parte, sólo al apeadero al que les conduzca su corazón.

Los ojos del otoño no miran, reflejan colores abigarrados de belleza efímera. Te lo susurro al oído y comenzamos a pintar ese cuadro de ocres con pinceladas tímidas. Y el río que baja comienza a entonar: Verde, que te quiero verde. Y cerramos los ojos para poder soñar el calor del otoño.

lunes, 25 de octubre de 2010

Jean Jacques Rouseau. Emilio.

Emilio o De la Educación, es un tratado filosófico sobre la naturaleza humana escrito por Rouseau en 1762. Actualmente se le considera el primer tratado sobre filosofía de la educación en el mundo occidental. Su finalidad era formar “buenos ciudadanos” aplicando las concepciones liberales de la época sobre educación (el hombre es bueno por naturaleza, la sociedad es la que le corrompe, nos decía)
Pretendía crear un sistema educativo que permitiera al hombre convivir con esa sociedad corrupta. Este libro se prohibió y se quemó en público en París y en Ginebra, pero rápidamente se convirtió en uno de los libros más leídos en Europa.


Volviendo a nuestro joven siglo XXI, me ha llamado la atención esta cita del libro, que a continuación transcribo. Ya en el siglo XVIII se planteaban una cuestión que hoy día nos inquieta a educadores, a padres y a la sociedad en general ¿Estamos educando correctamente a nuestros jóvenes, a nuestros alumnos y, en su caso, a los hijos? ¿tienen lo que necesitan o necesidades innecesarias? ¿no será que en muchos casos (no en todos) lo tienen todo y por eso no valoran nada? ¿qué tipo de futura sociedad estamos moldeando teniendo en cuenta los observables resultados que nos rodean cotidianamente? Como educadora, tengo especial interés en conocer sus valiosas opiniones…Escuchen al bueno de Rouseau…



Jean Jacques Rouseau

¿Sabéis cuál es el medio más seguro de hacer miserable a vuestro hijo?: acostumbrarle a conseguirlo todo, porque como crecen sin cesar sus deseos con las facilidad de satisfacerlos, tarde o temprano os precisará la impotencia, mal que os pese, a venir a una negativa; y no estando acostumbrado, esta le causará más sufrimiento que la privación de lo mismo que desea.

Primero querrá el bastón que lleváis, luego pedirá vuestro reloj, después el pájaro que vuela, la estrella que ve brillar; en fin, todo cuanto vea; y a menos de ser Dios, ¿cómo le habéis de contentar?

El hombre tiene una predisposición natural a mirar como suyo cuanto está en su poder. El niño, a quien basta con querer para alcanzar, se cree árbitro del universo, mira como esclavos suyos a todos los hombres, y cuando al fin se ven en la precisión de negarle algo, él, que cree que todo es posible cuando da órdenes, contempla esta negativa como un acto de rebelión.

sábado, 16 de octubre de 2010

LA MUJER DE HOJALATA

Fotografía: Marisa Vegas

El silencio de la noche no calla, ahuyenta con aullidos a los lobos.

El calor de las tinieblas de agosto la llevó al lado de esas frías piedras, que la miraban con ojos de siglos pasados. La furia del tornado la había extraviado en la orfandad de las calles pero sus pasos no se apartaban de las baldosas amarillas que conducían a Oz. Mujer de hojalata en busca de los latidos de un corazón.

Pisar las propias huellas es errar el camino, el eco del viento se lo recordó. Y una brisa cobre meció las hojas de los árboles apostados como centinelas en la orilla de la calzada. De la caricia del viento brotó una hoja ocre que lentamente caía de la copa del árbol más altivo, bailando un tango sensual con la noche. Fue el anuncio de un próximo otoño de ausencias.

Avanzó por el empedrado oyendo el eco de sus pasos, música muda de la soledad. Vislumbró a lo lejos del camino de baldosas amarillas, una estrecha callejuela de la que salían espesas notas de una guitarra cincelada a semejanza de cuerpo de mujer. Y se identificó con el vacío circular del instrumento, quizás también la guitarra buscase un corazón en Oz. Los pájaros negros de la noche entornaron sus ojos al verla acercarse al callejón.


Fotografía: Marisa Vegas

Oz estaba cerca, su música y su olor a caramelo espesaban el aire de la noche. Las manos de una hiedra trepaban por el arco ovalado del comienzo del pasadizo, zarpas de la bruja del Este queriendo devorar el corazón invisible de la mujer de hojalata.

Los acordes de la guitarra cayeron a un pozo. El crujido de las notas se lo comió el silencio. Y se adentró en el callejón que se estrechaba cada vez más a medida que avanzaba entre los faroles de luz. La lluvia del recuerdo sopló queriendo apagar el fuego de los candiles. Tuvo que explicarle a la memoria que sólo quería recuperar su corazón.

La esperanza soltó una risa amarilla, espejo de las baldosas, y el pasadizo se convirtió en dos líneas convergentes cuyo espacio entre ellas ya no le permitía pasar. El camino había confluido en un mismo punto y final. Su sombra de hembra de luna le susurró que había llegado a Oz. Y el crespón de sus ojos sólo encontró un muro imposible de traspasar, de gélidas piedras ocres que lo finito lamía ávido de sal.

Y un sollozo de mujer rasgó las lágrimas de la noche fecundando el pensil del otoño. Y mientras regresaba entre los surcos del tiempo, la mujer de hojalata creyó oír palpitar en su interior la savia de hojas de olmo traspasadas por flechas de amor. Y oyó latir un corazón.

sábado, 9 de octubre de 2010

LA COLUMNA DE NEFERTITI



Latidos del corazón
acompañan a pasos trémulos,
entrando en el Palacio
tras recorrer el paseo de los sueños.
Dos almas arden sin conocer su calidez,
derriten el hielo de las frías piedras que
los observan desde la mirada curiosa de lo secreto.

Te pareces a Nefertiti.

El eco del camino blanco,
juntos serpenteado,
se detiene, perezoso del adiós,
en la columna izquierda de la entrada,
y el tiempo se embalsama
con la fragancia de los deseos prohibidos.
Nada tiene vida a su alrededor, sólo ellos y lo que late.

Te pareces a Nefertiti.

La cabeza de ella
apoyada en la columna, la de él
en esa ignota región que palpita entre la niebla.
Y la mira con anhelos de silencios rotos,
y encuentra la pasión de unos ojos rasgados,
que mudos gritan,
que a gritos silencian alfabetos mudos.

Te pareces a Nefertiti.

El Palacio se transforma
en el vasto desierto de Egipto,
la columna, en su oasis.
Jeroglíficos de ojos que acarician
sin rozar la piel,
tallados en el ayer detenido en esa columna
que espera ávida el susurrar del hoy:

Te pareces a Nefertiti.

viernes, 1 de octubre de 2010

MEMORIAS DE ADRIANO. Marguerite Yourcenar

Esta novela, publicada en 1951, de la escritora belga Marguerite Yourcenar, describe la propia mirada de la autora sobre la vida y muerte del emperador romano Adriano. Para los amantes del cine, estaba prevista la próxima producción de una película de la novela en este mismo año, que será dirigida por John Boorman y en la que Antonio Banderas dará vida a este emperador (si me permiten la sugerencia, lean el libro antes de verla). Adriano es un soldado que siente, un emperador que sufre, un romano que adora lo griego, un marido que no ama a su mujer, un amante que pierde a su amado.

Páginas densas, sólidas y mágicas por las que avanzas y retrocedes, haciendo altos en el camino para deleitarte con la prosa del sentimiento que me transportó, hace ya algunos años, al corazón de ese emperador; corazón ocupado por la ardiente pasión que sintió por su joven y bello amante, Antínoo, una muestra más de su amor a la cultura y mundo griego. Una fuente (Backe, Annika) nos cuenta que Antínoo falleció en una travesía a través del Nilo, cayéndose por accidente al río y ahogándose ante la mirada desolada de Adriano. A raíz de esto, el emperador quedó profundamente deprimido por perder a un amor al que tanto adoraba, que mandó construir, para honrar la memoria del hermoso joven, la ciudad de Antinópolis y le deificó, un honor que no tenía precedente entre las dinastía que habían regido el Imperio. Otras fuentes, no son tan románticas a la hora de explicar la muerte de este hermoso griego, prefiero quedarme con la que cito.



Y volviendo a nuestro mundo desde la mirada en aquél…¿Qué ocurre cuando el simple juego de la carne se convierte en una invasión de la carne por el espíritu? ¿Qué ocurre cuando el corazón se quita la máscara veneciana y se confunde con la misma piel? Adriano nos lo cuenta:


Habíase despertado en mí la curiosidad por esas regiones intermedias donde el alma y la carne se confunden, donde el sueño responde a la realidad y a veces se le adelanta, donde vida y muerte intercambian sus tributos y sus máscaras. (…)


En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aun para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

DONDE NADA MALO TE PUEDE OCURRIR


Fotografía: Tiffany’s - Manuel Mª Torres Rojas - http://manuelmariatorresrojas.blogspot.com


Al niño Manuel, que siempre fue Guillermo


Tiffany’s , el mejor lugar del mundo, donde nada malo te puede ocurrir.

Asomó sus cándidos ojos a la cristalera del escaparate. La joyería aún no había abierto sus puertas a esas horas de la mañana; algunos rayos de sol aún dormían perezosos tras los edificios que acariciaban su esbelta espalda coronada por ese collar que parecía trazar la línea de caricias sobre los tirantes de su vestido.

Pensó que no desayunaría con diamantes, ni esa mañana ni ninguna otra. Lo había decidido la tarde anterior, cuando unas manos temblorosas habían introducido en su dedo anular un círculo dorado adornado de principio a fin de pulidos diamantes que sólo le hablaban de reflejos irisados. Y ella siempre había preferido los destellos de la luna poseyendo el mar…

Miró el brillo cegador del anillo en sus manos, que era un espejo del centelleo de los ojos de quien la obsequiaba a cambio de su libertad de estrella nómada. Y sintió nostalgia de abandonar ese cielo impregnado de aroma a tierra húmeda. En un acto de valentía, se despojó de la sortija, del eslabón de la cadena, y el enlace de grilletes recuperó el vuelo libre del viento. Depositó el anillo en la palma de la mano de quien se lo ofreció, junto a una negativa que se caramelizaba con el brillo de sus labios. Le pareció ver junto al aro el resplandor de una lágrima que se confundía con la pátina de los diamantes. O quizá fuera una falacia de la luz.

Se despidió con el adiós infinito que sabía que sigue al desdén. Y vagó la noche entera como satélite errante de su propio yo. Por eso esa mañana se encontraba allí, donde nada malo te puede ocurrir, frente a Tiffany’s. Quería verlo por última vez, para convencerse de que los atajos del corazón no acaban siendo más que remiendos que tarde o temprano se acaban por descoser. Y lo vio. Una rubia dependienta, de curvas sinuosas e insinuantes, depositó el anillo de diamantes en el escaparate, devuelto, con toda probabilidad, la tarde anterior con los ojos ruborizados del hombre que ve pisoteado su privilegio de Adán; lo prendió de un dedo anular inerte, al que no le importaba ni el reflejo de la luna, ni las estrellas nómadas. Sin lugar a dudas, ese era el sitio perfecto para la joya.



Ella examinó el anillo tras las cristaleras mientras mordisqueaba el croissant que había decidido como desayuno para esa mañana, con la calma que da ver alejarse una tormenta que ha desviado su rumbo. Tras los cristales oscuros de sus gafas de sol, todo adquiría una seducción que se difuminaba con los colores rebeldes del amanecer.

Cuando había decidido irse a descansar, observó que un hombre joven, con sombrero ladeado, entraba en la joyería haciendo un traspié fruto de esa euforia que se instala en el lado izquierdo del pecho. Entró en Tiffany’s y tras breves palabras con la eterna sonrisa de la dependienta, ésta alargo su brazo hasta el anillo que reposaba en la mano inerte del escaparate, y se lo ofreció como solución inequívoca a los interrogantes del joven.

Justo en ese instante, ella, la que hacía unas horas había acariciado esos mismos diamantes y su alto precio ajeno a los ceros, sonrió tras sus cristales oscuros. Pegó el último bocado a su croissant y le pareció que esa mañana la luz del sol tenía una claridad distinta, tanto o más que aquellas piedras. Volvió a sonreír y sus pasos se encaminaron hacia la espontaneidad del camino, enfundada en unas ligeras medias negras que, sin saberlo, eran seguidas por unos ojos anónimos de deseo que serpenteaban al ritmo de sus curvas.

Se prometió volver a Tiffany’s la mañana siguiente. El desayuno estaría servido.

viernes, 17 de septiembre de 2010

LABERINTO SIN MINOTAURO

En el laberinto del Minotauro sólo existe una única puerta de entrada y salida, la misma que abren tus pasos, la misma que cierran tus recuerdos.

Caminarás en penumbra de antorchas por húmedos pasadizos que gimotean lágrimas de azufre. Los latidos de tu corazón acompasarán al ruido de tus pasos rasgando la niebla azul. No necesitarás de tus ojos, la memoria encenderá suficientes teas como para iluminar tu ignoto camino.

Serpentearás por galerías, tan profundas como el alma, tan misteriosas como los velos de la noche. En el silencio del laberinto sólo viajarás con el eco de tu pasado. Llegarás a estrechos pasajes que te resultarán desconocidos pero el tiempo te susurrará al oído que hay huellas recientes en el suelo con tu mismo nombre.

Sabrás que has llegado al centro cuando sientas los rugidos del Minotauro arañando tu piel, devorando tus oídos. No despistes tu espíritu ni un solo instante, los ojos carnívoros del fauno se encenderán acechantes tras tu espalda. Es cuando deberás hacerle frente y vencer al monstruo sin temor, el mayor monstruo es el miedo. Asegúrate de haberle vencido antes de regresar a la salida, un animal herido es el peor enemigo. Incinera sus restos en el fuego purificador del olvido y arroja sus plateadas cenizas donde el viento no las pueda encontrar nunca más.

Inicia entonces tu viaje de regreso y de salida triunfante en honor a Teseo, pero ¡pobre de ti si has olvidado atar el hilo de Ariadna en la puerta de entrada para que guie tus pasos de vuelta! Estarás condenado a vagar eternamente por el laberinto de lo que no tiene fin, y los inviernos del tiempo acabarán metamorfoseándote de Teseo a Minotauro. Y es cuando otro vendrá a por ti como tú fuiste a por él, buscando vencer a aquél que fue vencido al obtener la victoria.

domingo, 5 de septiembre de 2010

PANORÁMICA DESDE MI MESA DE SEPTIEMBRE

Llegó el día esperado como llega la borrasca al otoño.

Exámenes de septiembre, esa nube negra que acecha encima todo el verano. Entro en el aula y observo mi mesa de profesora por la que no ha pasado ni julio ni agosto, ella tiene la fórmula de la eterna juventud. Me siento y rememoro el fotograma de dos meses atrás cuando las vacaciones eran esa brisa que iba a dorar mi piel.

Los recuerdos se esfuman entre el olor a tiza seca cuando los veo a Ellos acercarse tímidamente a la puerta del aula. Van entrando lentamente, como gotas languideciendo de una fuente que no quiere callar. Temen sus pasos. No les asusta el examen tanto como el saber que traspasar el dintel de la puerta del aula significa cerrar la libertad de las vacaciones con la llave que se tira al mar. Arrastran sus pies como si llevaran cadenas con bolas de presidiario: sienten que entran en el calabozo de la preparación para ser adultos. Y a ellos no les gustan las personas mayores desde que hablaron en silencio con El Principito. Quizá yo fui responsable de ello.

Los saludos son breves, quiero ahorrarles la tristeza de rememorar su libertad de gorriones de verano. Ya habrá tiempo para ello. Reparto los exámenes que, por la expresión de sus caras, siento que son pesadas losas blancas que caen sobre sus mesas, sobre su espacio de 60x40 con el que tendrán que convivir otros nueve meses. Nueve duros meses de embarazo cultural en los que permanecerán flotando en la placenta de libros que les hablarán de mundos desconocidos, con ecuaciones donde la equis dejará de ser un aspa, con países que jamás llegarán a conocer, con fórmulas químicas con las que siempre convivieron o con poemas que traducirán su tumultuoso mundo interior de adolescentes. Por la expresión de sus caras, siento y presiento que ya están deseando el próximo parto para junio.

Comienzan a leer el examen en silencio, esas preguntas que han sido cábalas veraniegas, apuestas de combinaciones de loterías cuya base la han tomado teniendo en cuenta lo que ellos creen que son mis gustos literarios. Esperan haber acertado en sus pronósticos. Los observo y sus rostros se convierten en poemas tristes, de euforia, de esperanza, melancólicos, de desdén, de alegría. Me temo que los de la fila de atrás tardarán cinco minutos de cortesía en entregarme la losa blanca sin tallar. Y, lamentablemente, no me equivoco.


El resto se agazapa sobre sus exámenes para escribir su verano de gesta de libros. Algunos prefieren tomarse antes su tiempo para recordar con nostalgia sus primeros escarceos con las largas noches de verano. Bolígrafos de colores danzan sobre sus folios el baile maldito de septiembre, ese mes que aniquila su libertad de niños adolescentes columpiándose en el eco de la felicidad.

Los observo atentamente, no por las clandestinas chuletas que ni se atreven a preparar, la experiencia les aconseja otros atajos, sino por estar presta a cualquier duda o solicitud: eso les tranquiliza y les da seguridad para correr la maratón hacia el aprobado. A ratos, sus ojos miran hacia arriba, hacia el infinito, como entonando un cántico de súplica a los dioses de la lluvia de ideas para que les iluminen esa pregunta que vagó allá por el mes de abril, el mes más cruel, pero sólo recuerdan el aroma de aquella primavera de flores recién brotadas.

Aquellos que escriben más, sacan la lengua hacia un lado: se relamen al saborear ya un muy probable aprobado que les embarque en el crucero del curso siguiente, gruta misteriosa en la que penetrarán a oscuras y acabarán encendiendo antorchas que no se apagarán en el resto de sus días.

Algunos me miran de soslayo con la esperanza de ver escrito en mi rostro el recuerdo de largas explicaciones tan pertinentes para sus folios ávidos de palabras. Les respondo con una sonrisa de aliento que despierta su instinto lingüístico, aletargado por el bochorno estival donde los únicos alfabetos eran los juegos de libertad.

El último en entregarme el examen mira con sorna mi bolígrafo rojo, policía guardián de mi mesa. Sabe con seguridad que no se derrochará en su examen. Por la tarde, en mi casa, me alegro de darle la razón.

Bajo las persianas, los ojos del aula necesitan dormir, ha sido un día duro. Me dispongo a irme con mis exámenes bajo el brazo y desde la puerta, miro a mi mesa de septiembre que despliega su calendario y me mira burlonamente enseñándome el nombre de todos los meses del año hasta junio.
Y me siento como uno más de ellos… no por volver, sino por no haber ido… Pero, para eso está la Literatura…
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