viernes, 21 de mayo de 2010

ÚNICO DESENLACE


Mecí mi deseo en la cuna del agua de tu cuerpo,
vaivén de olas infinito
que lanza gemidos incandescentes.

En la playa fugada de la noche
exploramos islas salvajes de húmeda piel,
ojos lujuriosos de luna
que nos miran
que nos delatan
que nos desean.

Tu mirada penetró en el temblor de la pasión
y nos deslizamos juntos por el vértigo del abismo,
delirios en un laberinto
en el que con suspiros cegamos la única salida,
hasta que nuestros cuerpos yacieron fundidos
en un único abrazo
en un único reposo
en un único desenlace.

sábado, 15 de mayo de 2010

PALABRAS COMO ESPADAS



Una caricia nunca llega hasta el alma, una ofensa, la taladra.

Cuando oyó el ruido de la puerta cerrarse de golpe tras él como estallido de bomba que anuncia un infinito silencio de muerte, sintió el alivio de los cipreses que intentan besar el cielo. Por fin se había ido, aunque en las huellas de su fuga había quedado un rosario de lastimeras palabras con cuentas hechas de coronas de espinas.

Se acurrucó, como cuando siendo niña se sentía triste, frente a la pared del dormitorio, convirtiéndola en su propio muro de las lamentaciones. Sintió como un ensordecedor silencio penetraba por sus oídos como agua bautismal que redimía los aullidos de lobo que acababan de pasar por ellos. El aire que respiraba le producía dolor porque estaba empapado aún de palabras de acero afilado que flotaban en la atmósfera de la habitación. Quiso llorar, pero no pudo.

Una lengua carnívora había devorado con avidez, minutos antes, la dignidad de la mujer que ama con un único propósito, el de amar. Esos labios masculinos que antes desearon arrullarla con una balada de caricias, ahora arrojaron incandescente lava justo donde antes habían posado besos de mariposas. Los ojos que tantas veces la habían envuelto en arena húmeda de playas ignotas, eran ahora tempestades arribando a la orilla cargadas de reproches y de palabras tormentosas que descargan con furia el granizo que llega de las regiones frías. Esas manos que habían tatuado sus huellas de deseo en las parcelas abismales de su piel, se habían convertido en flechas amenazantes robadas del carcaj de Cupido.

Las palabras no se las lleva el viento, son hijas del fuego que devora la seda con voracidad; el viento sólo arrastra sus cenizas hasta depositarlas en el mar para que sean consoladas por un vals de olas que, en un cortejo fúnebre las entierra en las profundidades del océano que calla. Pero siguen ahí.

Con la lentitud de la tristeza, se incorporó y fue limpiando sus ropas ultrajadas de la sintaxis de cuchillos. Recorrió cada rincón de la casa recogiendo ofensas de rosas mustias, no quería dejar ni una sola semilla olvidada que con el paso del tiempo germinara clandestinamente entre las sábanas de su alcoba, o en la alfombra de la chimenea, o en el cojín del sofá, incluso recogió las espinas de esas rosas que aún flotaban en el café recién hecho de esa mañana. Y cuando hubo terminado su labor de resurrección de Ave Fénix, hizo un ramillete con esas rosas ajadas y las depositó en el adiós del amante que las pisoteó. Sacudió por la ventana su corazón de alguna hojarasca que aún había quedado y regó con lágrimas el nuevo pensil de flores calladas que colgó en la mirada de sus ojos.

Y la noche silenció la batalla de palabras como espadas. Se unió a la gesta de mujeres sin nombre que como ejército de espectros en la oscuridad salían valientes del exilio de sus tumbas violeta, cuando caía el sol, con el fin de recoger las cobardes espinas de rosas muertas, en un intento de evitar más heridas carmesí en el camino de frutas prohibidas que transitaban las hijas de Eva buscando el Paraíso terrenal.

domingo, 9 de mayo de 2010

LE ESPERABA BAJO LA CAMA


Las costas de Samaná eran acariciadas por el océano Atlántico, al noroeste de la República Dominicana. Lucía con orgullo de siglos la gesta de haber sido la primera provincia realmente hostil a Cólon. Sus antiguos pobladores, los ciguayos, no se lo pusieron fácil al conquistador aunque su pleitesía fue inevitable con el doloroso olor de la pólvora. Samaná había sido generosa acogiendo a los esclavos africanos fugados, los “cimarrones”, que no quisieron o supieron someterse al acero cortante de la piel blanca. Y así pasaban los días y las olas en Samaná, entre recuerdos de espumas y el quehacer pausado de sus moradores de mareas.

A Feliciano le despertó esa mañana el olor de la mar en calma que se impregnaba en sus ya ancianos huesos. Notó aún tibio el valle de las sábanas que había ocupado a su lado Anafé. A pesar del paso de los años, no imaginaba el despertarse sin ese cálido tacto ausente que su mujer le ofrendaba cada mañana, era el ritual de cada amanecer. Sin duda acababa de levantarse para preparar el tradicional mangú, plátanos verdes triturados con mantequilla, acompañado de salami, huevos o queso frito. Un olor ácido penetró por su pituitaria: hoy tocaba el queso.

Al sentarse a la mesa su apetito desapareció cuando Anafé le recordó que aquella tarde era la convenida para llevar a su hija Yahaira a la casa espiritual de Mami Reyna. Habían pasado los lentos años y el vientre yermo de Yahaira no había concebido ningún hijo; incluso su marido le había amenazado con abandonarla ya que no era capaz de engendrar como una hembra la semilla que inmortalizara su piel morena, su piel carnívora, su piel de macho. Anafé estaba convencida de que el mal de ojo se había apoderado de Yahaira como la marea se apodera de las sólidas rocas. Cuando nació, debieron de haberle puesto la cinta roja en la muñeca para impedir que seres sin nombre invocaran en ella a los espíritus malignos. Mami Reyna, la santera del pueblo, podría ayudarles, era la intermediaria entre el creyente y la vida sobrenatural, podría encender en las entrañas de la chica la fertilidad que voló junto a la golondrina del mar.

Feliciano no ocultó la cara de desagrado cuando Anafé le recordó que no se olvidara de coger la gallina del corral, elemento imprescindible para el ritual purificador. En las largas noches de verano, su esposa le había contado que todos nacemos con un ritmo espiritual en la vida que no debe ser interrumpido y, si es así, la persona no podrá realizarse plenamente, es por eso por lo que para restaurar ese ritmo es necesario el sacrificio de un animal ya que la sangre del mismo está ligada directamente a un ritmo en el cuerpo del animal. Feliciano jamás entendió, ni quiso hacerlo, estos rituales heredados de sus antepasados. Él relajaba su alma con el crucifijo católico que coronaba su cama, igual que la mar se relajaba con la luz de la luna cuando se posa en las olas de plata.

Al llegar frente a la puerta de la casa de Mami Reyna, Yahaira lanzó al viento lágrimas en un suspiro temeroso que demandaba la fecundidad de su vientre seco. Feliciano aferró la mano de su hija como se amarra un timón en una tempestad. Les salió a recibir la negra santera con una reverencia mientras apoyaba las palmas cruzadas sobre los propios hombros: las santeras nunca daban la mano porque creían que los espíritus malignos o benéficos podían pasar de un cuerpo a otro con el contacto físico. A Mami Reyna le acompañaba Francisco, un mulato cinquentón, el “hombre bueno” del pueblo, el que todo lo ve, el que todo lo calla, el que está para ofrecer la mano al que está abatido en la profundidad de la selva, el que da pero se esconde para huir de agradecimientos, el que se funde con la sangre de los ríos de su tierra, el que oye las confidencias de los espíritus de mil nombres pero que silencia discretamente los secretos de sus lenguas voraces.

Mami Reyna les ordenó sentarse en círculo en el suelo y se acomodaron en el círculo de la vida que espera. La santera miró a Yahaira y se enfrentó con la desesperación de sus ojos negros como azabache, y en esa oscuridad oyó las voces de mil esclavos africanos castigados por sus amos por adorar a sus dioses; sus ancestros no tuvieron mejor ventura que enmascararlos con los católicos para que su dignidad de hombres no fuera pisoteada hasta la saciedad. Así nació la santería en Samaná, así se lo había contado a Mami Reyna su bisabuela: la religión tradicional yoruba de sus antepasados, esclavos negros, tuvo que fundirse con la católica en un baile de máscaras falsas para no sucumbir en el naufragio de la intolerancia.


Acostumbrada a solucionar problemas domésticos, Mami Reyna abandonó las regiones de los recuerdos y preparó, con la ayuda de Francisco, la ceremonia: dieciséis caracolas, un caracol diferente, una piedra y otros enseres. Las caracolas se arrojarían sobre la estera varias veces, y cada tirada encerraría un mensaje adivinatorio. El sacrificio de la gallina sería previo al viaje al más allá. Feliciano no pudo reprimir su repugnancia cuando la sangre del animal se reflejó en el cristal de los ojos de los presentes. Jamás se podría acostumbrar a esos rituales que no tenían nada que ver con su dios católico. Así se lo había hecho saber a Anafé, pero ella albergaba la añeja esperanza femenina de que su hombre algún día entendiera el poder de la tradición que corría por las venas labradas de los siglos en Samaná.



Mami Reyna tiró las caracolas a la estera que como estrellas solitarias fueron formando la constelación del devenir, y una de ellas, como cometa errante se salió del círculo marcado por la santera y fue a estrellarse junto al pie derecho de Feliciano. Mami Reyna frunció el ceño, Francisco abrió los ojos de oscuras cuevas, Feliciano con naturalidad, devolvió la caracola al círculo que ceñía la cintura de la vida. La santera reunió las conchas e hizo un nuevo intento. Las caracolas volvieron a rodar pero una de ellas se posó como mariposa negra sobre el pie, ahora izquierdo, de Feliciano. Mami Reyna bajó la cabeza y apretó los labios, Francisco retrocedió su cuerpo como quien se asusta de fantasmas anunciados. Feliciano, empezándose a hastiar de tanto juego recogió la caracola y con desgana la devolvió junto a las demás. Anafé y Yahaira encogían su corazón ante la absoluta incomprensión del baile de caracolas. La santera optó por un último intento, y la misma concha volvió a cobijarse en el ángulo cruzado de las piernas de Feliciano, que esta vez, cansado de la rotación del molusco, lo agarró enfadado y lo depositó en el bolsillo de su pantalón. Ante este acto, su mujer e hija le reprendieron con la mirada, Mami Reyna y Francisco le miraron con compasión. La santera se levantó, cogió de las dos manos a Yahaira y le anunció, ante la perplejidad de la muchacha, que sabría si su vientre estaba fecundado en la próxima luna llena.

En las noches de plenilunio, a Feliciano le gustaba pasear por la orilla de la playa de Samaná antes de irse a acostar. El contacto de sus pies desnudos con las olas que llegaban perezosas a la playa eran la nana que arrullaba el umbral de sus sueños. Sintió el frío lamido del agua y decidió regresar a casa. Anafé ya estaba acostada y se acurrucó a su lado sintiendo ya la felicidad que experimentaría al amanecer cuando se despertara y sintiera en las sábanas el calor tibio de la mujer que había hecho el crucero de la noche junto a él. Pero esa noche, las tinieblas fueron diferentes.


Feliciano dormía navegando en el velero de las sombras y un ruido le despertó. Al principio no supo identificar el origen del sonido, pero cuando sus pupilas se desperezaron descubrió que provenía de debajo de la cama. No le dio importancia y volvió a sumergirse en las aguas profundas del sueño. Pero el molesto ruido volvió a despertarle, esta vez con una intensidad que el eco lo llevó a cada esquina perdida de Samaná. Era un sonido que erizaba los sueños de Feliciano, que ascendía desde profundas e infernales grutas localizadas bajo la cama. Cada vez era más penoso escucharlo, taladraba su cabeza como fuego del averno. No quería despertar a Anafé, asique, en un acto de involuntaria valentía decidió mirar debajo de la cama y descubrir el origen de aquel abismo de alfabetos al revés. Y cuando se inclinó, su mirada se bañó de un escalofrío debajo de la catarata del horror.

Esa mañana, Anafé comenzó a disgustarse: el mangú empezaba a quedarse frío. Su marido nunca le había hecho esperar para desayunar, asique decidió ir a la habitación a despertarle. Lo llamó, una y mil veces, la última con un hilo de voz. Lo siguiente que salió de su boca fue un grito de horror: Feliciano estaba inmóvil, con la quietud infinita de quien abandona las aguas de Samaná para emprender el largo viaje sin retorno. Anafé retrocedió de la cama como si quisiera girar en sentido contrario las manillas del reloj del tiempo y ver a su marido besándola como cada mañana. Y observó que en la ventana de la habitación, por el exterior, se encontraba la cara de Francisco, el “ayudante” de Mami Reyna, la mano franca de todo Samaná. Se acercó a él como fuerza magnética imposible de evitar y Francisco le susurró al oído:

Le esperaba bajo la cama. La Muerte le vino a buscar debajo de la cama.

El mulato cinquentón le cogió la mano con suavidad y depositó en silencio sobre su palma una cinta roja. Y desapareció con la lentitud de los veleros en el horizonte. Sin entender sus propios movimientos, Anafe miró debajo de la cama y allí encontró la caracola que Feliciano había depositado en el bolsillo de su pantalón el día que fueron a casa de Mami Reyna, la caracola que requería una y otra vez la compañía de Feliciano, la que bailaba la danza macabra, la que pedía a gritos el cambalache de la vida y muerte. La recogió con la mano que tenía libre y observó que como dama oferente tenía en cada palma precisamente eso, ofrendas de vida y muerte: la cinta roja que se colocaba a los recién nacidos para ahuyentarles los malos espíritus, y la caracola maldita que se llevó a Feliciano.

Justo en ese momento, su hija Yahaira entraba en la casa para anunciarle que en el próximo solsticio de verano sería madre.

lunes, 3 de mayo de 2010

LA MARGARITA PERFECTA


Fotografías: Gustavo Barba Alcaide http://aldeadelreynatural.blogspot.com/


Las margaritas perfectas no se deshojan, son mecidas por el vals ciego del viento.

Buscó entre las brisas verdes de mayo la margarita asertiva. La que susurrase a sus dedos el “sí” que se espera impacientemente detrás de la puerta de los sueños; la que vistiese con los justos pétalos níveos el sol de su volátil corazón de polen. La buscó entre los tapices de la primavera, entre la altiva lavanda que perfumaba su sonrisa, entre las amapolas de sangre que violaban su inocencia inmaculada. Recorrió campos interminables de terciopelo blanco buscando la margarita que tradujese el número de la palabra prohibida.





Buscó entre el raso de mil mariposas negras la margarita del “no”. La que reprehende del sendero equivocado, la que con olas de pétalos abate castillos de arena, la que niega con el dígito de sus hojas el viaje a primaveras ignotas. Preguntó por ella a los pájaros que cantan lamentos en los laberintos de los árboles, al murmullo del río que se lleva entre las sábanas del agua los sueños que no se durmieron. Exploró el tacto de la tierra para hallar huellas de la margarita que prohíbe lo que nunca pasó.



Recorrió jardines de pinceladas impresionistas, se bañó en mareas rojas de amapolas, rodó por terciopelos verdes de jarapas de hierba, nadó en campos de girasoles, buscando la margarita perfecta, la que afirma con los ojos, la que niega con el corazón, a la que le sobra el pétalo del desamor, a la que le falta el pétalo del adiós.

Cuajó el manto de la noche. Regresó. Entre sus manos latía un ramillete blanco de infinitas margaritas, cada una con la respuesta apropiada a las preguntas que se hace el alma en las madrugadas insomnes de balcones abiertos, cada una con la pregunta que sólo quien deshoja sabe contestar. Y entre ellas… la margarita perfecta.

martes, 27 de abril de 2010

ESPERANDO A LA VIDA


Fotografía: aiGI.boGA http://www.flickr.com/
Contemplé las bocanadas del silencio
en el humo dorado de la lejanía,
horas infinitas que languidecen
en el reloj dormido del tiempo.

Esperando a la vida ausente,
bebí el caprichoso licor del deseo
de ver paradisíacas estampas abigarradas
pintadas con ilusiones añejas.

Sentada en la quietud de la página en blanco
del prólogo de cada amanecer,
esperando sueños colmados
de nirvana felicidad esculpida en la mente.

Y esperando y sin saber, contemplé
que las quiméricas ilusiones anheladas
acurrucadas a mi lado yacían,
como infante aferrado a mi mano.

Ya no quise esperar a la vida,
ni al deseo Aladino de maravillosas lámparas,
soñando vivir la espera
ya estaba viviendo el sueño que esperaba.

miércoles, 21 de abril de 2010

PRIMAVERAS DE NINFAS Y SILFOS

NARRACIÓN RETIRADA POR LA AUTORA, TEMPORALMENTE

sábado, 17 de abril de 2010

Arturo Pérez Reverte. El Capitán Alatriste


Los ojos de una mujer revelan lo que su alma esconde. Su sonrisa, lo que sus labios callan. Lenguaje femenino, sutil y metafórico, poético y palpitante, genuino y emocional. Sin traductor, con sentimiento. Diego Alatriste y Tenorio lo descubrió, quizá demasiado tarde. Hago volar esta cita de Reverte para todos los Alatristes que quieran aprender idiomas…


Yo era entonces demasiado joven para advertir lo menguados que podemos ser los varones, y lo mucho que puede aprenderse en los ojos y en la sonrisa de las mujeres. No pocos percances de mi vida adulta se habrían resuelto a mayor satisfacción de haber dedicado más tiempo a tal menester. Pero nadie nace enseñado y a menudo, cuando gozas de las debidas enseñanzas, es demasiado tarde para que éstas sirvan a tu salud o a tu provecho.



miércoles, 14 de abril de 2010

Claudio Rodríguez. Don de la ebriedad

Fotografía: Claudio Mufarrege http://www.flickr.com/

LA ESPERA DE LA INSPIRACIÓN, LA ESPERA DEL AMOR

Claudio Rodríguez (Zamora 1934 – Madrid 1999), publicó en 1953 el libro Don de la ebriedad, donde la poesía aparece como modo de conocimiento. El título de este poema ya es significativo: DON (gracia o habilidad especial), de la EBRIEDAD (de la inspiración, en su sentido platónico); en definitiva, el poeta considera que la esencia de la inspiración poética es un don. Hay un deseo de claridad, de conocimiento, de imaginación para componer poesía. Busca esa inspiración a través de una armonía y unión, casi místicas, con la naturaleza, con las cosas.
Al igual que el misticismo de San Juan de la Cruz tiene doble lectura: religiosa (amor a Dios), o profana (erotismo y sensualidad), este poema de Claudio Rodríguez la podría tener igualmente: amor a la inspiración poética o la expresión de la espera del amante, sobre todo en la segunda parte de la composición (mi boca espera, y mi alma espera, y tú me esperas). La espera de la inspiración y la espera del amante son dos significados interpretativos que se mezclan en el poema. Incluso el último verso recuerda la catarsis de Quevedo en su Amor más allá de la muerte con sus cenizas enamoradas, ese abrazo hasta el fin que nunca afloja podría ser una de las más intensas declaraciones de amor aunque sea un abrazo mortal. En cualquier caso, disfruten de la bella composición de este poeta zamorano...


DON DE LA EBRIEDAD

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contiene en su amor? ¡si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo -esto es un don-, mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

jueves, 8 de abril de 2010

NEÓFITOS DE OLAS


Soneto I

Por aquel feroz Eolo empujada,
nacida tú en el Odre de los Vientos
abierto en el barco de Ulises , cientos
de islas arribaste, ola no remada.

Aunque en las rocas siempre destrozada,
rehaces con fuerza tus movimientos,
lucha de titanes por barlovento,
nunca te dejas abatir por nada.

En el hondo naufragio de la vida
rompemos en duros acantilados
nadando lágrimas de caracolas;

no ignoréis que el dolor de la caída
levanta la fortaleza; retados,
somos audaces neófitos de olas.

jueves, 1 de abril de 2010

UNA NOCHE CUALQUIERA

Fotografía: Gustavo Barba Alcaide http://aldeadelreynatural.blogspot.com


Aún no había llegado la noche, la luna llena estaba siendo impuntual. Sentada en la impaciencia de la espera, miraba al techo celeste que se tornaba rojo, naranja, violeta. El horizonte era un estallido silencioso de fuegos artificiales que estaba llegando a su fin. A medida que la luz menguaba, el deseo de ver el plenilunio en su retina aumentaba. Deseaba bañarse en la luz de la luna y broncear su cuerpo de lluvia argéntea.

Era una noche cualquiera, de deseo y espera.

El manto negro de Penélope cubrió al moribundo atardecer y sus ojos adquirieron el brillo intenso del que sabe que va a suceder. Pero la luna llena no aparecía. Como guerrera de la noche que no se resigna a perder la batalla, cogió las lámparas de las estrellas y la buscó afanosamente entre la niebla de nubarrones negros que la escondían en la sima violácea de lo impenetrable.

Era una noche cualquiera, de búsqueda de lo que se ama.

No la encontró. Como amante abatida se dejó perecer en la hiel de la derrota. Esa luna llena era el cordón umbilical que unía distancias, era el espejo donde ambos podían mirarse en un mismo instante esa noche, era la sexta dimensión que exterminaba kilómetros, era el recuerdo del fuego de besos que abrasaban labios. Se recostó abrigada en la tumbona de su terraza y siguió clavando los ojos en el oscuro infinito por si Selene se quitaba la máscara veneciana de rasos negros y decidía aparecer. Y debió soñar.

Era una noche cualquiera, de nostalgia y sueños.

Soñó con una mirada que abría ojos a la noche, con unos ojos que desvelaban los secretos de lo impenetrable, con unas manos cálidas perdidas en el reino de la seda, con unos labios que tatuaban suspiros en las olas de la pasión. Soñó con dos cuerpos de arcilla moldeándose bajo las leyes del deseo, enredados entre lo que late y lo que sabe a lluvia. Soñó que tenía un sueño.

Era una noche cualquiera, de caricias y blues.

Despertó de su sueño de arena mecida por el mar. Abrió los ojos y allí estaba ella, la luna llena mensajera de voces sin voz. No estaba en el cielo, ni en el infinito, ni tan siquiera estaba en la noche; apareció por el deseo de compartir veleros de horas que distaban en el espacio, emergió por el recuerdo de aquella noche de diluvio de estrellas fugaces en la que ella pidió el mismo deseo con los pedazos que iba recogiendo de cada asteroide. Él se la había traído desde la lejanía, desde el silencio, desde el volcán apagado que guarda secreta lava incandescente en el corazón más recóndito de la tierra.

Era una noche cualquiera, de silencios y fuego.

Ambos compartieron la luna llena de diciembre, la luna fría, la luna helada, la luna de las noches largas, la luna del roble, la luna de antes de Yule, la Margashirsha Pornima.



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