miércoles, 19 de diciembre de 2012

¿FELIZ? NAVIDAD



La felicidad general de un pueblo
 descansa en la independencia individual de sus habitantes.

José Martí.

Desde el contexto de esta cita, les deseo felices fiestas acompañadas de un vídeo que he elaborado para ustedes. Me gustaría que fuera una idílica postal navideña de nieve, abetos luminosos, campanitas doradas y villancicos, pero esta Navidad de 2012 tiene imágenes más reales y menos amables que no me apetece olvidar. Aun así, no dejen que la amargura sembrada apague esa vela de esperanza que se enciende todos los años en cada hogar y que juntos mantendremos encendida.

Todo mi cariño, apoyo incondicional y  mis deseos de felicidad.


video




sábado, 1 de diciembre de 2012

ESQUELA


ESQUELA

Rogad a Dios por el alma de Dª Bárbara Matellán de las Heras, que falleció el 1 de diciembre de 2012 a los 40 años de edad en un trágico accidente aéreo. La capilla ardiente se encuentra instalada en el tanatorio Parque San Isidro de Madrid. Sus restos recibirán cristiana sepultura en el cementerio sur a la 13,30 horas de hoy día 3 de diciembre.
La familia ruega una oración por su alma.
Descanse en paz.


A Bárbara se le dibujó una sonrisa en la cara cuando leyó la esquela de su propio entierro sentada cómodamente en aquel avión con rumbo a Jamaica. No estaba muerta aunque sí que iba camino del Paraíso con el que siempre había soñado. Nunca había imaginado que morir hubiese sido tan sumamente fácil y que la muerte otorgase tanta vida. Realmente, cualquier vida diferente a la que llevaba podía ser un remanso de paz y felicidad. Volvió a sonreír al pensar que todos la creían entre nubes de algodón y precisamente era allí donde estaba. Cerró los ojos y procuró recordar y ordenar cómo había ocurrido todo.

En sus espaldas pesaban diez años de matrimonio con ese hombre del que había estado locamente enamorada un día ya muy lejano. Ese amor se había ido esfumando con la celeridad con la que se derriten las horas, con la daga implacable de la humillación y el silencio. Sus alfabetos eran babélicos cuando se dirigían la palabra, sus palabras eran ecos vacíos que martilleaban la noche. Hacerla culpable de su incapacidad para darle hijos fue la gota que desbordó océanos y mares. Ahora subía al Cielo en ese avión pero también había bajado al Infierno, a su último escalón, cuando ese hombre  -ya un completo desconocido para ella-  se atrevió a tronchar de un manotazo las maltrechas ilusiones que pudieran quedar en un velero sin rumbo. La primera vez dolió en la piel, el resto en el alma. Noches oscuras del alma bendecidas por la santa madre Iglesia y maldecidas hasta por el azufre de Belcebú.



Su alta posición social le exigía guardar las apariencias o al menos así lo pensaba en aquel momento. Hija única de padres fallecidos años atrás y amiga de amigos de alta sociedad a los que no les importaba en absoluto las aventuras y desventuras de aquel capítulo de la Eneida: su bajada al Infierno siempre la hacía sola, sorteando ríos de lava a temperaturas que helaban el corazón.

Fue aquel día, en un acto de valentía impulsado por un riesgo alto de incineración aliviado por lágrimas que sofocaban llamas, cuando decidió coger el primer avión que saliese para Jamaica. Luego, ya daría explicaciones. Lo importante era huir aunque sabía de antemano que ese hombre la perseguiría hasta el último rincón del mundo. Cuando entró en el aeropuerto las fuerzas le flaquearon y pensó en regresar en el mismo taxi que la había transportado hasta allí, pero dio cuatro pasos más y sin darse cuenta ya estaba delante del mostrador de facturación. Iba ligera de equipaje, así que no hizo falta desprenderse de las cuatro cosas que atropelladamente metió en una bolsa de viaje al salir de casa. Mientras se sentaba cerca de la puerta de embarque a esperar el vuelo, lo agradeció: si en el último minuto se arrepentía sería más sencillo regresar al taxi con lo puesto y llevado.

Faltaba aún una hora para su vuelo. Mientras esperaba observó que sentada a su lado había una mujer joven, de nacionalidad española, impidiendo sollozos que un paquete de pañuelos de papel intentaban sofocar. En un primer momento, Bárbara pensó que bien pudiera ser una habitante más de ese Infierno que ella conocía tan bien. Luego resultó ser otra alma más que se lastimaba a las puertas del Cielo. Le ofreció su ayuda y la desesperación de la mujer hizo que le contase a una desconocida su tormento, la imposibilidad de viajar a Jamaica al entierro de su hijo fallecido ya que no disponía de billete ni medios para adquirirlo. La compañía aérea no entendía de razones humanitarias solo de números cuadrando a final de mes.

Bárbara pensó, en un primer momento, que formaría parte de ese tipo de gente que pulula por aeropuertos y estaciones, relatando desgracias increíbles con el fin de sacar un par de euros. Pero al escudriñarla, el aspecto de la mujer le disuadió de esa idea. Vestía con cierta elegancia e, incluso se parecía a ella: morena, ojos oscuros, de edad similar y facciones suaves. Iba a encontrarse con su hijo por última vez, ese hijo que jamás ella había podido tener. Tenía que ayudarla. No eran tan diferentes como para que una azafata advirtiera el recogido de pelo que no aparecía en su DNI. Sabía que iba a cometer una locura, ahora sí que sabía que la iba a cometer; así que le ofreció su billete de avión al lado de su DNI a Isabel, que así  se llamaba la mujer que ahora mitigaba su llanto clavando su mirada en lo que Bárbara le ofrecía. ¿Qué suponía la pérdida de un DNI frente a la pérdida de un hijo? Isabel no supo cómo agradecer la ayuda pero quedaba poco tiempo y había que embarcar: recogió los documentos y, sacando de su cartera su propio DNI se lo entregó a Bárbara como prueba de que regresaría a devolverle el suyo. Apresuradamente, le dibujó en un papel los números que parecían ser de un teléfono y abrazó a Bárbara. Esta le rogó que aceptase dinero para el viaje de vuelta y para cubrir de orquídeas amarillas la losa de su hijo.


Mientras veía alejarse a Isabel por la puerta de embarque volvió a pensar que tal vez esa mujer fuese una oportunista, que huiría con el dinero, que el DNI que le había entregado seguramente fuese falso, que quizás había sido víctima de un timo, que… pero daba igual. Recogió su bolsa de equipaje y pensó que, antes de regresar a casa en el taxi comería algo en el aeropuerto. Regresaría a casa, sí, sus fuerzas flaqueaban. Vencida por sí misma se sentó en un restaurante del aeropuerto a retrasar la inminente vuelta al hogar, la barca de Caronte la esperaba detrás de la puerta de salida del aeropuerto. Lloró. Perdió la noción del tiempo. Entró en un sopor que refugió sus lágrimas, jugó a la rayuela con las horas, cerró los ojos cuando los relojes de arena bucearon en los abismos de su alma mientras que la cucharilla del café tejía remolinos infinitos en sus aguas oscuras.

Cuando salió de ese sueño y a medida que sus ojos y oídos volvían a la realidad, observó como en el aeropuerto reinaba gran confusión. Gran cantidad de gente se agolpaba en los puntos de información mientras que otra era presa de la conmoción. Preguntó amablemente al camarero que le había servido qué era lo que ocurría. Él le explicó que el vuelo a Jamaica que había salido esa misma mañana se había estrellado en pleno Atlántico. Bárbara palideció, no sabía con certeza si realmente había despertado de ese sueño anterior o aún seguía en la antesala de ese temblor que precede a la muerte.



El resto había sido muy sencillo, pensó mientras ahora miraba por la ventanilla del avión. No había habido supervivientes y algunos cadáveres   -entre ellos el de ella-   no habían sido localizados. Hicieron pública la lista de pasajeros embarcados en los que aparecía su nombre y avisaron a su marido que se preocupó de un entierro burocrático ante sus amigos de la alta sociedad. Ella tomó el siguiente avión en el que ahora viajaba rumbo a Jamaica con el nombre de Isabel Pardo Freyre. Apretó entre sus manos el DNI de la mujer fallecida y creyó haber olido un suave aroma a flores.




 Lo primero que hizo al llegar a su Paraíso fue cubrir de decenas de orquídeas amarillas la sepultura del hijo de Isabel, sepultura que descubrió que existía tanto como su hijo. Jamás había visto sonreír a esta mujer pero juró haber oído su sonrisa entre los pétalos de las flores. Ella también sonrió mientras el viento arremolinado en un ciprés del cementerio le susurró que su vida comenzaba con su propia muerte.






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